PARA LOS DOCENTES VALIENTES
- yesmissv

- May 15
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Entre la enorme diversidad de profesiones, oficios y labores que existen, la docencia suele ser una de las más incomprendidas, subestimadas y poco valoradas. Desde que inicié mi camino como maestra, he escuchado innumerables críticas hacia nuestra labor; he sido testigo de cómo muchas personas, sin conocer realmente el trabajo docente, creen tener respuestas inmediatas para resolver los desafíos educativos y aseguran que podrían desempeñar esta tarea mejor que quienes la vivimos día a día en el aula, y aún fuera de ella.
Cuando eso sucede (y sucede con más frecuencia de la que quisiera), he aprendido que, en ocasiones, lo más prudente es guardar silencio, escuchar y esbozar un rictus que asemeja a una sonrisa. Porque no todos saben, ni tienen por qué saber, que detrás de esta profesión hay personas que llevan la vocación profundamente arraigada en el corazón y marcada en el alma. Aunque muchas veces nuestro esfuerzo pase desapercibido o sea injustamente cuestionado, quienes educamos sabemos el inmenso valor que tiene nuestra labor.
Hace ya 37 años que comencé mi trayectoria en el magisterio, y hoy puedo afirmar con absoluta certeza que ha sido una bendición dedicar mi vida a esta profesión. Y, a pesar de sus muchos asegunes, ha sido mi primera y única vocación: una labor que considero una de las más nobles y hermosas, comparable únicamente al privilegio de ser madre.
Sin embargo, su belleza se revela plenamente cuando entendemos que la verdadera esencia de educar reside en enseñar con el corazón. Y para ello, también se necesita ser valiente.
Vivimos en tiempos vertiginosos, marcados por cambios constantes que muchas veces nos enfrentan al cansancio, la incertidumbre y el desaliento. En medio de ello, uno de los mayores actos de coraje de un maestro consiste en mantenerse firme, incluso sin tener todas las respuestas, incluso cuando el reconocimiento escasea, incluso cuando abundan las críticas. Permanecer en esta labor con el espíritu de servicio que (muy inmodestamente) nos caracteriza a tantos y tantas, además de la entrega sincera y compromiso genuino, es, sin duda, una muestra de profunda valentía.
También requiere coraje abrirnos al aprendizaje continuo; aceptar nuestras áreas de mejora, enfrentar el error, aprender de los demás, transformarnos, crecer. Amar la docencia implica, en pocas palabras, renovarnos cada día, con humildad y convicción. Cada día.
Todos los días.
Por eso, si en algún momento mi labor logra despertar preguntas, provocar reflexión, generar análisis o sembrar alguna virtud en quienes acompaño, me doy por satisfecha. Si alguna vez consigo aliviar heridas, ya sean visibles o invisibles; si logro extender una mano y, al mismo tiempo, tocar un corazón; si puedo brindar ternura, comprensión y cercanía a mis estudiantes, entonces, con mucha satisfacción, me jacto de que mi trabajo ha valido la pena.
A mis queridos colegas y amigos docentes: deseo de corazón que esta vocación, que tantas veces exige sacrificio y entrega, continúe siendo fuente de satisfacciones profundas, visibles e invisibles. Que nunca nos falte esperanza, que nuestro espíritu permanezca firme, y que, aun reconociendo que siempre habrá algo nuevo por aprender, sea el amor por esta profesión lo que nos mantenga fuertes, decididos y agradecidos por haber elegido este camino.
¡Felicidades, colegas valientes!
Con cariño,
Vero ❤️



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