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LO QUIERO TODO

  • Writer: yesmissv
    yesmissv
  • May 29
  • 8 min read

Como algunos de ustedes sabrán, y si no saben, se los platico, enviudé a una edad bastante temprana. Treinta años tenía su servidora cuando me vi enfrentándome a la vida casi sola. Casi, porque, aunque la pena y la lucha eran personales y únicas, siempre lo tuve todo en las personas que hicieron este trago amargo mucho más llevadero durante el tiempo que decidí que durara mi luto.


Algunos días después de este fatídico evento, una compañera de trabajo (y también amiga muy querida) me dijo que tu servidora estaba viviendo la vida muy rápido: que había comenzado mi carrera laboral muy temprano, que me había casado muy temprano, que había tenido hijos muy temprano y que, al final, también había enviudado muy temprano. Y que sin tomar en cuenta este último y fatídico evento, yo tenía todo lo que muchas personas desearían tener a mi tierna edad.


Bueno, chula. No es que yo hubiera planeado semejantes acontecimientos. Pero de los cuatro sucesos mencionados, yo sólo había medianamente calculado los tres primeros. Digo medianamente, porque ninguno había ocupado mi mente ni mis deseos desde niña, como generalmente suele ocurrir entre muchas personas que visualizan, desde su infancia, una vida feliz, lo que sea que “felicidad” signifique para cada una.


Ciertamente, yo tenía muchos otros planes. Y casi todos ellos tuvieron desenlaces diferentes a los que esperaba. Pero, aunque pocos llegaron a cuajar, casi no tengo queja de la manera en la que la vida se me fue presentando. Que me hubiera gustado que ciertas cosas se me manifestaran de una manera diferente, también es cierto, pero creo que aprendí, mayormente por herencia, a conformarme con lo que había, porque pedir de más, o querer todo, no era de buen cristiano.


Pero habiendo dicho lo anterior, no creo haber llevado nunca, formalmente hablando, las riendas de mi vida con la libertad (o la rebeldía) con la que me hubiera gustado llevarlas. Y no es que no haya querido, sino que, como dije antes, no sólo era de insubordinada, sino de retorcida pecadora, hacer cosas que fueran contra la voluntad de los progenitores (o del clan) como irse a vivir sola, tener perros y gatos, espetar un par de improperios. O querer tenerlo todo.


Como hija, y luego como esposa, obediente; y, finalmente, como madre solícita, hice todo lo que se esperaba de mí, casi a petición/disposición de mi papá y mi mamá, de mi esposo y, a la postre, de las necesidades de mis hijos. Peticiones, disposiciones y necesidades que, mayormente, antepuse muchas veces, y por muchos años, ante mis propias necesidades. Es decir, siempre hice las cosas como me dijeron que las hiciera. Como “Dios mandaba”.


Y, para acabarla de amolar, también he sido, por casi treinta y siete años, una maestra obediente. Todo lo que me pedían que hiciera, lo hacía. Y hasta de más. Todo con el objetivo de mantenerme como una persona obediente. Pero también, todo, con la intención oculta de quedar lo mejor posible frente a las autoridades escolares: ella, la solícita, la trabajadora, la buena maestra, la hija ejemplar. Tan complaciente y alegre. En fin. La maestra que lo tenía todo.


O eso creía. Porque casi enseguida de que me despidieron de mi primer trabajo, siendo éste también mi primer despido, supe que, dentro de los círculos sociales en los que mayormente me desarrollaba, era obvio que NO se podía tenerlo todo. Aprendí que no se puede ser una buena hija y salirte de tu casa sin haberte casado. No se puede ser una buena maestra y estar en desacuerdo con ciertas reglas de la institución. No se puede ser buena esposa y exigirle a tu esposo equidad en los deberes y los pagos de la casa.


A lo largo de la vida, me enseñaron que no siempre es posible hacer o tener todo lo que uno desea, aunque finalmente seamos los responsables de nuestro propio destino y luchemos, a la par, por tenerlo todo. No importa lo que “todo” signifique para cada persona.  Y mucho tiempo creí, porque eso me hicieron creer, que no debo actuar pensando sólo en mi propia vida, pues mis elecciones pueden causar dolor en otros, y que quererlo todo es un acto egoísta, por lo que mis decisiones deberían estar orientadas, primordialmente, a procurar la felicidad de quienes viven conmigo.


Sin embargo, a fuerza de acumular años y mañas, también entendí que mi felicidad debe tener prioridad sobre la de cualquier otra persona. Aun cuando esa persona sea carne de mi carne, o sangre de mi sangre. Es fundamental reconocer que mi bienestar debe depender por completo de mí misma y no de las expectativas o deseos de los demás. Y que, quererlo todo, es un acto de amor legítimo, y no me hace un ser humano despreciable.


Fíjate. Hace unas semanas, antes de comenzar mi clase en la universidad, escuché a dos de mis alumnas hablar de sus futuros planes con el gusto y la ilusión con los que me hubiera gustado hablar a mí acerca de mis planes de vida. Pero, sobre todo, con la seguridad y la satisfacción de saber que alguien estaba escuchando, no juzgando, mis sueños. Sin importar lo descabellado. Finalmente, sólo eran eso: planes.


Ellas querían todo lo que cualquiera, a su edad, anhela tener: buenas calificaciones, fiestas frecuentes, una carrera exitosa, un salario desahogado, una casa grande, un cuerpo hermoso, un esposo guapo y fiel, hijos obedientes… Se lo platicaban mutuamente. Se lo celebraban mutuamente. Se lo deseaban mutuamente. En conjunto, estos ideales representaban hermosos sueños que las trasladaban al éxtasis compartido de una manifestación en proceso.


Pero ¿de verdad pueden llegar a tenerlo todo? ¿Se puede tener una carrera exitosa y una familia amorosa a la vez? ¿Es posible tener una casa grande y un buen salario, junto con un marido guapo? ¿Y fiel? Para mí, “todo” en aquellos días sólo significaba tener un lugar para mí sola, perros y gatos y, tal vez, un novio amoroso. Y guapo, por supuesto. Según lo vi hoy, el “todo” de ellas puede parecerse mucho al “todo” de mis propios tiempos…


Viendo atrás, todo lo que ellas deseaban, yo sí lo tuve. Pero en diferentes momentos en la vida. No todo a la vez. Por experiencia sé que siempre se desea tenerlo todo simultáneamente, especialmente mientras hay juventud. Sin embargo, rara vez se logra tenerlo todo al mismo tiempo. De a poco me fui dando cuenta de que tener una carrera destacada, una familia soñada, y una vida personal plenas, suele requerir una visión a largo plazo, un número de alternativas calculadas y, especialmente, una redefinición del significado del éxito, que pueda centrarse en el equilibrio personal; pero que, un día me di cuenta, no se da necesariamente siempre en el mismo punto en la línea de tiempo particular.


Y luego, eso que llamábamos “todo”, se ha ido transformando de tal manera que, el “todo” de hoy, difícilmente se asemeja al “todo” de nuestra juventud, o al de las diferentes fases de nuestras vidas que, por designio universal Del Que Es La Vida, estarán también por modificarse, o completamente transformarse, después. Pero la perfección simultánea en todos nuestros contextos y tiempos ha implicado, con mucha más frecuencia de lo que nuestros sueños se empeñan en revelarnos, adaptarnos a las heredadas limitaciones sistematizadas de la mente y el espíritu, mismas que la sociedad se encarga de recordarnos a cada paso. Especialmente en los momentos en los que nos atrevemos a querer todo.


Inherentemente, las personas queremos que así ocurra. Estamos programados, tal vez desde antes de nacer, para querer saber, desear, prosperar. Nos mueven las ganas de conocer y experimentar. Nos impulsan los deseos de hacer las cosas en nuestros propios términos. Nos inspiran otros y otras que, igual que nosotros, han luchado por tener su propio “todo”.  Pues, tenerlo todo es un deseo que, por naturaleza, es profundo: nos instiga a escudriñar nuestras capacidades, nos alienta a salir de nuestros contextos de calma, nos provoca a extender nuestros intereses.


Sin embargo, querer tenerlo todo es ambicionar. Y ambicionar, histórica y religiosamente hablando, ha estado ligado al deseo descomunal de poder, a la búsqueda desenfrenada de riqueza, y/o a la escandalosa falta de escrúpulos. Y no es incorrecto: en este particular sentido, la ambición SÍ conlleva una obsesión que antepone la ganancia personal sobre la moral, el bien individual sobre el social, y hasta las relaciones personales sobre las relaciones con los demás.


Pero, también es verdad. Querer tenerlo todo SÍ es ambicionar: querer buenas calificaciones, fiestas frecuentes, una carrera exitosa, un salario desahogado, una casa grande, un cuerpo hermoso y sano, un esposo guapo y fiel e hijos obedientes, todo a la vez es, desde mi muy modesto punto de vista, perfectamente normal, beneficioso y favorable. Pero, en el recorrido, el creer que el camino de la felicidad debe estar plagado, casi exclusivamente, de escasez y sacrificios, me ha hecho vivir descargas aleatorias de dopamina, seguidas casi inmediatamente de la culpabilidad de ser dichosa, y un regreso al oscuro y frío agujero de la sumisión y el sufrimiento para hacer las cosas como “Dios manda”.


No obstante todo el anterior discurso, yo (y solo yo) creo que querer tenerlo todo, no se trata de vivir en el interminable ciclo de obtener lo que quiero, para inmediatamente después, arrepentirme de haberlo deseado. Tampoco del violento agotamiento de intentar tenerlo todo a la vez, dispersando mis finanzas, mi energía y mi tiempo, sin que mis esfuerzos fructifiquen, porque eso es lo que mi clan habría esperado de mí.  A veces, es verdad que elegir un camino significa, casi necesariamente, sacrificar otro: como dije, en un momento creí que era posible tener un trabajo increíble, pero no una familia feliz. O ser una hija obediente, pero no irme de mi casa… Todo depende de mi definición de “todo”. Y esa definición se ha ido formando a fuerza de ir escribiendo (y reescribiendo) mi biografía.


Esa definición también ha adquirido significados distintos a lo largo del tiempo, conforme han cambiado mi historia, mi estado de ánimo y mis objetivos. En ciertos momentos, “todo” puede significar la paz interior o la salud física; en otros, los vínculos familiares estables o el propósito de vida. También puede representar la estabilidad económica o la seguridad laboral. Por ello, antes de emprender esa búsqueda, conviene definir con precisión qué representa ese ideal en el plano personal. Solo así es posible orientar los esfuerzos de manera coherente con las propias prioridades y las circunstancias personales.


Y es, a partir de mi deseo de tenerlo “todo”, que he aprendido a establecer prioridades de manera deliberada, tomando en cuenta mi estado mental, emocional, físico y espiritual. Cierto: rara vez es posible alcanzar varias metas al mismo tiempo, pero sí es posible avanzar hacia aquellas que resultan más preciosas y reveladoras. En el camino recorrido he descubierto, además, que la gratitud acompaña de forma natural ese deseo de plenitud. Reconocer amorosa y conscientemente lo que ya poseo me ha permitido interrumpir la agotadora inercia de buscar siempre “más” y ha contribuido a que mi relación con el presente sea más serena.


He aprendido, a raíz de mis ganas de tenerlo “todo”, que puedo resumir mis deseos en tres ideas centrales: que puedo priorizar mis metas de acuerdo con mis circunstancias reales, que debo cultivar la gratitud por aquello que ya forma parte de mi vida, y que quiero mantener mis aspiraciones como una vía de autoconocimiento y crecimiento. Esto no significa, en absoluto, que debo dejar de reconocer ese deseo de tenerlo “todo”, porque en él encuentro un camino alterno hacia una autocomprensión más sincera, pero también más dulce y amorosa. Sin embargo, el verdadero reto consiste en orientar esos anhelos hacia una exploración cuidadosa de aquello que posee un valor auténtico en mi vida.

 

Pero insisto: lo quiero todo.

Miss V.

 
 
 

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