GATEKEEPING. O EL ARTE DE NO REVELAR LOS SECRETOS.
- yesmissv

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Hace unos cuantos años, cuando tu servidora era joven y bella, y casi todo lo que me ponía, se veía bien puesto, compré, entre las muchas cosas que me permitía mi poder adquisitivo de aquellos entonces, un vestido, cincuenta por ciento poliéster, cincuenta por ciento algodón, en tonos rosas, con hermosas flores impresas, mangas acampanadas a tres cuartos, y un estilo antiguo que, mientras algunos llaman pasado de moda, a quienes nos fascina, solemos llamar “vintage”.
Como te dije, el vestido se veía muy bien, pues tenía una caída maravillosa, y un ajuste espectacular, gracias al cintillo posterior que lo amoldaba perfectamente, pero, sobre todo, gracias a la juvenil percha que lo llevaba puesto. Tu servidora estaba en la mera flor de la edad, y en medio de una situación de vida que me hacía ver todo del mismo color del vestido.
Ahora bien. No creas que era un vestido único, o fino, comprado en una boutique exclusiva o de renombre. Esta hermosa prenda me había estado esperando en uno de los muchos percheros llenos de ropa asequible del supermercado de la abstracta chispa amarilla. Ese, que se jacta de tener “precios bajos, todos los días”, pero que reetiqueta sus productos “rebajados” con el mismo precio de antes y los disfraza de ofertas…

Pero eso no es lo importante. Lo importante es tener el buen ojo del que siempre me he jactado, para descubrir piezas especiales, verdaderos tesoros, en un mar de prendas comunes y corrientes. Y así, con semejante descubrimiento, iba tu servidora por la vida: satisfecha de vivir una situación personal maravillosa, y de portar un vestido que, a pesar de sus humildes orígenes supermercadísticos, me chuleaban constantemente, como si fuera obra de algún diseñador de prestigio. Eso, para mí, estimados amigos, era motivo de orgullo.
“¡Ay, miss! ¡Está hermoso tu vestido! ¿Dónde lo compraste?” me preguntó una maestra, compañera de trabajo, un día, argumentando que asistiría pronto a una reunión y le encantaría llevar un vestido tan bonito como el mío. No te voy a mentir, me tomó completamente por sorpresa, y hasta sentí esa molestia que se siente cuando la gente pide los ingredientes de la receta familiar, aunque esta pregunta en particular no haya sido nada del otro mundo. Pero, sabiendo cuál era la procedencia del vestido, y que, si no se lo decía yo, lo iba a descubrir ella de todas maneras; pero sobre todo porque, dada la falta de originalidad del vestido, creí que no tenía por qué ocultarle semejantes datos, opté por darle toda la información que pidió: en dónde lo compré, los colores en los que podía encontrarlo (rosa, azul y amarillo), y hasta el costo aproximado.
¿El resultado? La cuasi inevitable coincidencia de llevar puesta la misma prenda en un evento escolar importante. Mi juvenil compañerilla, más reservada, decidió agregar un pantalón. Tal vez con el objetivo de darle un toque más discreto a su atuendo. Por otro lado, yo aposté por lucir el vestido con sus formas originales, agregando unos zapatos de tacón (de 10 centímetros) color verde bandera y la seguridad/desfachatez que sólo la edad puede otorgar.
Pero no creas que soy la única dentro de mi círculo familiar, nuclear y político, que tiene muy buen tino para encontrar cosas especiales, únicas o que no se encuentran en todas las tiendas. Clara, nombre ficticio para una guapa mujer de muy buen gusto y un poder adquisitivo que triplica el mío, sabe encontrar cosas que, para el ojo no entrenado, pasan desapercibidas. Como ella, cuyo estilo es tan ostentoso que se le puede ver desde casi cien metros a lo lejos. Su estilo siempre ha sido tan dramático que, a veces, raya en lo excesivo: pelucas y postizos rubios de varios largos y estilos; maquillaje recargadísimo, casi tan ochentero como aperlado; atuendos exuberantes llenos de flores y estoperoles por todos lados; y, para rematar, todo va coronado con accesorios fabulosos, y de última, pero no por ello, menos discretos.
Corría el año del noventa y nueve. Y Clara, en una de tantas reuniones dominicales, que deberían ser informales, y no el desfile de modas que ella se empeñaba en protagonizar (muy exitosamente, valga mencionarlo), llevaba puesto, para no variar, una moderna gargantilla hecha de terciopelo color vino, y decorada con una enorme flor roja, plumas negras, toques de rojo y dorado y, según sus propias palabras, “recién comprada”. Era un accesorio precioso, muy a la moda del momento, que contrastaba hermosamente con el tono tan uniformemente blanco de su piel. No quiero parecer soberbia, pero tu servidora ya había visto algunas antes…

“¡Ay, Clara! ¡Está hermosa tu flor! ¿Dónde la compraste?”, le preguntó Conny, la cuñada favorita de la familia, argumentando que asistiría pronto a una boda, y le encantaría enriquecer su atuendo con una pieza tan bonita como la de ella. No te voy a mentir, la pregunta tomó a Clara completamente por sorpresa, y fue obvio que se molestó por el descaro de la, aparentemente, atrevida pregunta, aunque no haya habido nada de impertinente en ella. Sin embargo, con el poder del conocimiento a su favor, cosa que el resto no teníamos, Clara, muy egoístamente se limitó a decir: “ay, no me acuerdo”.
Seguramente te habrá pasado en algún momento que, cuando alguien comete una barbaridad, dos personas se voltean a ver, aparentemente pensando lo mismo, y con los ojos más abiertos que de costumbre, como diciendo: “¿de veras dijo (o hizo) eso?”. Bueno. Pues este tipo de reacción, aunque normalmente ocurre entre dos personas, en aquella casa se multiplicó entre ocho adultos. Las miradas que todos los presentes intercambiamos ahí, con mucha incredulidad y bastante molestia, parecían decir lo mismo que si sólo dos se hubieran mirado: “¿de veras dijo eso?”. Clara estaba guardando información que no quería revelar, aunque esta información ni siquiera fuera de transcendencia moral, espiritual, física o nacional. Era obvio que Clara NO le iba a decir a Conny en dónde había “recién comprado” ese fabuloso accesorio. A todos nos pareció que aquello fue más un desdén disfrazado de inocente olvido.
Intentando salvar el día, cosa que nadie me pidió, tu servidora, metiche como siempre, pero tan naturalmente como la situación se desenvolvió, dije: “Yo he visto que las venden en Centro Max, Conny”. Y acto seguido, para disgusto de Clara, procedí a darle a Conny santo y seña de la ubicación de la tienda, los colores en existencia y hasta los precios de las mentadas flores. En ese momento, la tensión palpable en el ambiente se disipó un poco, aunque no dejó de sentirse el desagrado de Clara. Lo acepto: mi acción fue impulsada no tanto por mi naturaleza curiosa y servicial, sino por la necesidad de darle en la cabezota a Clara. Pero no podía dejar pasar la oportunidad de ayudar a Conny, aunque eso implicara revelar información que, evidentemente, Clara prefería mantener en secreto.
Este episodio, que desde hace mucho quedó en el olvido, es un claro ejemplo del constante dilema entre compartir y proteger “nuestra” información. Por un lado, está el orgullo de descubrir y poseer algo especial, como a mí me ha llegado a pasar, también; por el otro, la generosidad de compartir ese hallazgo con alguien más. En mi caso, la decisión de revelar el secreto fue una mezcla de empatía y sentido de justicia, aunque no todos los presentes, especialmente mi esposo, estuvieron de acuerdo con esa actitud. Al final, la situación nos dejó clara una cosa: que el control de acceso a los secretos puede ser motivo de discordia, que puede dar lugar a un sentimiento de exclusión. Pero también de solidaridad, dependiendo de cómo y con quién se comparta la información.
Efectivamente, la actitud de Clara dejó claro que, a pesar de que el dato era trivial, prefería mantenerlo en secreto, lo que incrementó la incomodidad y el sentido de incómoda exclusión entre algunos de los presentes. Pero, te ruego que no tachemos a Clara de egoísta ni mucho menos, pues ¿quiénes no hemos, en algún momento, guardado celosamente alguna receta, omitido los pasos de cierto procedimiento, u ocultado en dónde compramos ese objeto tan único? Viendo atrás, y aun en el presente, confieso que no he sido tan salvavidas como conté en los párrafos anteriores. Es decir, es verdad que le di a Conny la información que buscaba, pero esta información no era mía. Sin embargo, tampoco creo que sea justo de mi parte arrojar la piedra, cuando yo misma no estoy libre del pecado del modernamente llamado “gatekeeping” (anglicismo para “control de acceso”), pero que en realidad se trata del antiguo arte de no revelar los secretos. Personales, profesionales y/o familiares. Claro que Conny se cuece aparte. Como bien dije antes, es la favorita de la familia, y a ella sería incapaz de negarle nada, y si me pidiera mi milenaria receta familiar del mole, le daría, paso a paso y sin chistar, ingredientes, cantidades, modo de preparación y todo lo que se le ocurriera pedirme.
Quiero que sepas que hoy puedo entender a Carla bastante más que antaño. Como te lo platiqué, a mí no sólo me han preguntado en dónde compré mi vestido rosa, los colores en los que podían encontrarlo y hasta el costo aproximado. Sino que, muy descaradamente, y muchas más veces de las que me siento realmente cómoda, la gente ha querido saber el paso a paso de cómo hacer mis collares hechos a mano, qué componentes tiene la salsa verde de mi carne de puerco en salsa verde, o en qué aplicaciones están hechas mis presentaciones para las clases. Y, para casi todo lo anterior, me confieso una acérrima guardiana de los secretos que no quiero revelar, pues no cualquiera tiene derecho a acceder a ellos así nomás, con la mano en la cintura y con toda la desfachatez del mundo.
Pero ¿el control de acceso, el gatekeeping, es bueno o malo?
Para empezar, es interesante cómo la percepción sobre el acceso a la información puede variar dependiendo del rol que ocupamos en una situación u otra. Puede que, si soy la que quiere saber (confieso que también he estado del lado indiscreto), preguntar no me parezca hostigador ni irritante. De hecho, en algún momento justifiqué mi curiosidad con el deseo de saber más, argumentando falta de experiencia o un genuino interés por aprender. De esta manera, también pude lograr disimular el auténtico motivo de mis indagaciones: hallar una vía rápida que me evitara invertir el mismo tiempo de estudio y dedicación que otra persona puso en su trabajo.
Pero, por otro lado, si soy la que posee la información, que alguien quiera acceder a ella, puede que se sienta como una práctica invasiva e, incluso, acosadora. Ciertamente hemos aprendido a indagar desde siempre, pero que alguien quiera saber con lujo de detalles todo aquello que hemos aprendido, perfeccionado o guardado con esmero, verdaderamente puede llegar a incomodar, ya que todos sabemos que, aunque la información es un bien valioso para quien la posee, este bien está protegido por el esfuerzo y enriquecido a base de la experiencia acumulada.
Sin embargo, mi posición de maestra me sitúa en una disyuntiva moral. O casi. Mi trabajo es compartir todo lo que sé, me lo pregunten o no. Pero me pagan por eso… Esto me dice, entonces, que semejante dualidad revela que el acceso a la información está más bien marcado por la perspectiva personal. Para quien busca, el acto de preguntar es natural y necesario; para quien sabe, la solicitud puede parecer una intromisión en su espacio personal. Así, el gatekeeping se convierte en un fenómeno con ciertas obscuridades, donde las emociones, el esfuerzo invertido y la valoración del conocimiento juegan un papel decisivo en definir qué, cuándo y a quién le revelaría mis secretos. Es decir, voy a decir lo que yo quiera y a quien yo quiera. No, y no necesariamente lo que quieran los demás.
Lo único que puedo decirte, después de reflexionar acerca de todas las experiencias vividas, es que llegué a la conclusión de que es fundamental respetar los límites de la confidencialidad personal y actuar con moderación al preguntar. Por un lado, he aprendido a no hacer preguntas que, por recalcitrantes, puedan incomodar a los demás, o que, por su naturaleza indiscreta, las personas prefieran no responder; o por sentir que las indagaciones son transgresoras, e infringen los límites de la propia privacidad. Intentar traspasar dichos límites puede, por lo tanto, considerarse una falta de respeto a la privacidad ajena. No importa si se trata de una receta, una gargantilla, o un vestido.
Por otro lado, aunque haya ciertas personas que estén en desacuerdo con tu servidora, también me he dado cuenta de que tampoco debo sentirme obligada a compartir información que deseo mantener para mí, especialmente cuando percibo que las indagaciones de otros resultan invasivas o rebasan los límites de mi propia privacidad. No importa si se trata de una receta, una gargantilla o un vestido.
Y, para finalizar una perorata que debió terminar hace mucho, reconozco que estas experiencias, tanto la de preguntar como la de que me pregunten, me han llevado a comprender que el respeto por la privacidad y la autonomía personal debe prevalecer sobre la curiosidad o la insistencia. Saber preguntar con prudencia y saber guardar silencio cuando algo pertenece al ámbito íntimo de otra persona es, también, una forma de convivencia respetuosa. Del mismo modo, debo aceptar que el derecho propio a reservar cierta información no necesariamente significa ser egoísta o excluir a otros, sino una manera lícita y positiva de establecer límites. De este modo, más que levantar barreras que se antojen arbitrarias, aprender a definir qué se comparte y qué se resguarda puede entenderse como un ejercicio consciente de cuidado personal, sí, pero también de respeto mutuo.
Guardando los secretos que no te voy a revelar,
Miss V.



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