DE CÓMO AMÉ A QUIEN AMÉ. O LA PARADOJA DEL DESEO REALIZADO
- yesmissv

- Mar 6
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Debo admitirlo, aunque no sea mi costumbre presumir. No. Sí es, y me gusta andar de presumida: siempre he considerado que soy una persona sumamente creativa e imaginativa. Tal es la creatividad que alardeo, que a veces mis fantasías rebasan la imaginación y llegan a la realidad. Mis ideas, que fluyen con tal rapidez (de a dos o de a tres, cada dos o tres minutos), alguna vez han tenido una culminación exitosa y concreta. Ese mundo mío, tan íntimo, tan vivaz, tan incesante, y tan productivo, ha sido el motor detrás de muchas de mis aventuras intelectuales y de algunos de mis logros materiales.
Anteriormente había escrito que, muchas veces, aun a la edad que ya tengo, me he descubierto soñando despierta, hablando sola y hasta sintiendo lo que sentiría si acaso lo que estoy imaginando llegara a pasar en la vida real. Bueno o malo. En pocas palabras, además de tener nuevas ideas para escribir o para hacer mis artes manuales, también me gusta fantasear.
Seguramente, en este mundo de tantos millones y millones de habitantes, habrá muchas más personas como yo, a quienes les gusta perderse en sus pensamientos y, a la larga, como tu servidora, dejarse llevar por ellos. Pues, de vez en cuando, ¿quiénes no hemos especulado sobre lo que habría ocurrido si nuestras elecciones pasadas hubieran sido distintas? ¿Quiénes no hemos imaginado situaciones diferentes o mejores a las que vivimos día a día en la tercera dimensión? ¿Quiénes no hemos bosquejado cientos de futuros, resultado de alguna congoja actual, o de la cotidianeidad de la vida?
Mis fantasías, aunque de alguna manera liberadoras, entran en el espectro de mi colorida imaginación, en donde el deseo (obviamente…) no puede satisfacerse. Por ello, la fantasía es el espacio donde mi realidad mental puede reinventarse, aunque sea temporalmente, para que mis sueños se cumplan. Aunque sea sólo en el terreno de la imaginación.
Entre muchos de los sueños que he tenido, estuvieron aquellos en los que imaginé mi vida al lado de alguien. Mi idea de la felicidad en pareja yacía en el vínculo especial y exclusivo que del clan había heredado, y que se había ido gestando desde muchas generaciones antes. Mi mente recreaba escenarios de perfecta convivencia y felicidad conyugal al lado de un hombre que, aunque desconocido, ya era idealizado.
E idealizar fue, efectivamente, lo que hice. Casi sin darme cuenta les asigné a mis parejas en turno (que no fueron tantas como crees) cualidades de tal excelencia, que ignoré deliberadamente sus aspectos negativos, sin ver en ellos defecto aparente. Ni físico ni emocional. Incluso aquellos hombres que ni siquiera fueron mis parejas formales, también recibieron la misma admiración de mi parte.
Y que al final me llevara tremendos chascos fue casi natural. A fuerza de conocer a los hombres de mi vida, fui cambiando la percepción que tenía de ellos y pude ir tomando decisiones antes de que fuera tarde. En otros casos, sí fue demasiado tarde. Pero, muy seguramente, yo no fui la única desencantada. Es casi un hecho que mis parejas en turno también se desilusionaron de mí, al ver que tu servidora no era tan ideal como, seguramente, ellos creían que era. O como me mostré ante ellos…
Sin embargo, no creas que soy una persona deshonesta en el amor. Cuando amo, amo de veras. Incluso mi mamá me lo dijo: que me entregaba mucho y muy rápido. Que a veces era demasiado efusiva y aferrada. Desafortunadamente, tenía razón. Pero, aunque es verdad que soy una persona de fácil enamoramiento, las vueltas de la vida también me han hecho una mujer de fácil desenamoramiento, si se me permite la expresión.
Hubo un caso en el que ni siquiera me dieron ganas de concretar nada, lo cual es raro pues, cuando se es joven, y no se ha tenido una relación con nadie, siempre se anhela encontrar el primer amor. Mis fantasías, alimentadas por las relaciones (y dizque consejos) de mis amigas y mi hermana, la inexperiencia personal y las expectativas del clan, deberían haberme llevado a aceptar (“gustosa”) la primera proposición de mi vida. Sin embargo, dada la naturaleza de ese primer vínculo, del que también ya había escrito antes, me descubrí, extrañamente, sin ganas de iniciar una relación. O por lo menos, no con ese candidato.
Esta primera cuasi decepción no fue algo definitivo. Es decir, finalmente, después de algunos años, SÍ me dieron ganas de tener una relación. A la postre, tu servidora habría de tener un par de parejas más, ambas de tal seriedad que, de una, surgieron largos sinsabores posteriores; de la otra, dos hijos. Y luego hubo otras, no tan serias…
Cada una de mis relaciones, cualquiera que haya sido su naturaleza, tuvo lo suyo de utópico: la idealización de una pareja, un trabajo, o cualquier otra cosa, me alentaron, por la novedad, a seguir haciendo la lucha. Pero, en el preciso momento en que la realidad me ofrecía la oportunidad de concretar lo que otrora había fantaseado, me declaré definitivamente defraudada. Estaba viviendo, en ese momento, una especie de paradoja interna: aquello que en mi mundo de fantasía parecía tan deseable, en la práctica perdía su atractivo al volverse tangible y alcanzable.
De estas relaciones, como dije antes, ya había escrito. Y, como también antes expresé, busqué curarme en salud. Ahí va: Nunca he pretendido (ni pretenderé) entrar a una relación, cualquiera que esta sea, con falsedades o buscando, a toda costa, sólo el bien personal, aunque, hoy por hoy, lo que más me importe sean mis sentimientos. En aquellos tiempos de gloria, me entregué a mis idilios con la honestidad de la que siempre he presumido, por mucho más tiempo del que parece que relato aquí. Pero a la vez, iba a semejantes relaciones con el objetivo en mente de hacerlas “funcionar”. Lo que quiera que eso significase entonces. Que en el camino de la tan codiciada felicidad conyugal la vida haya hecho lo que se le antojaba conmigo, ese ya es otro cantar.
Sin embargo, no sé si fue porque tu servidora es tan comodina, tan miedosa o tan insolente, que la experiencia de amar a alguien me reveló cómo el deseo de algo (o alguien) puede estar más ligado a la distancia, a la búsqueda y a la carencia que a la posesión misma. Cuando el objeto de mi deseo se convirtió en una realidad tangible, fui feliz de verdad. Pero en algún momento, algo dentro de mí se rompió, y el motor que impulsaba mi interés dejó de funcionar como antes. Casi de golpe, valga mencionarlo. La causa pudo haber sido una decepción, un fracaso, un engaño. Así, la fantasía se desenmascaró y se mostró como el espacio cuasi vacío donde el deseo antes había encontrado plenitud; mientras que la realidad, al ofrecer el cumplimiento de lo buscado, transformó ese deseo en algo distinto, menos intenso, menos fascinante. Más realista…
Quiero suponer que esto les pasa a muchas parejas. No me creo única. Sin embargo, no quiero decir con esto que no amé (o, por lo menos, estimé) a los hombres con los que tuve una relación en algún momento de la vida, ya fuera formal, fortuita o meramente platónica. Sin embargo, sí creo que es mucho más común de lo que siempre supuse comenzar a “desidealizar” (si se me permite la expresión) al ser amado, cuando entran en el juego la rutina, la costumbre y la "desenmascarización” (otra palabra, quizás inventada, pero que viene muy a propósito) mutua o personal. A veces, la verdadera cara no tarda mucho en surgir. Otras veces, se tarda. Pero en las experiencias amatorias, tan breves como intensas, en la vida de tu servidora, finalmente se empezó a gestar una “desadmiración” (disculpa la carnicería léxica, por favor), que me obligó a vivir con los masacrados restos de mi juvenil embelesamiento.
Idealizar a otros por la idealización misma, es decir, sin la objetividad y la seriedad necesarias que necesita cualquier relación, es una falacia juvenil; una dulce trampa en la que caemos cuando la inexperiencia y la fantasía dominan nuestra percepción del amor, nuestro discernimiento del mundo, nuestro conocimiento de nosotros mismos. Semejante utopía, tan hermosa como irreal, a veces encuentra cura con la edad y la experiencia. A veces. Porque los hay quienes tropezamos de nuevo, y con la misma piedra. Cada desilusión y cada desencanto vividos en el camino son, por ende, parte del proceso necesario que, además de revelar la verdadera cara del otro, nos descubre a nosotros mismos como autores intelectuales de nuestras propias fantasías y de las consecuencias que éstas traen. O por lo menos, esa fue mi experiencia.
Pero esto no significa que estoy hecha de palo, o que no amé a los hombres en mi vida en absoluto. Significa, o así quiero que signifique, que a medida que pasa el tiempo, uno aprende a amar en la justa medida. Significa, porque así lo he decidido, que, para amar a otros, debo primero amarme a mí misma, aun cuando el amor propio sea el más difícil de dar. Significa, porque he tomado ese rumbo, que no debo aferrarme a permanecer para siempre, sólo porque esas son las exigencias del clan, aun cuando el amor se haya acabado. Como dije antes, amé hasta que terminó mi tiempo de amar. Hasta que la lejanía me abrió los ojos a la decepción de una relación sin futuro. Hasta que la intrusión de personas ajenas a mi relación terminó por resquebrajarla. Hasta que la muerte me informó que ya no había nada que hacer ahí, aunque otros insistieran en el amor eterno. Hasta que reparé en el hecho de que el amor puede darse de muchas otras maneras.
Después de las tormentas, en medio de una calma que parece crónica, he tomado la decisión de no volver a idealizar a nadie (conocidos, amigos o amores) ni colocarlos en ese habitual pedestal en el que yo misma me encargué de que fueran intocables, incluso para mí. Supongo que esta prédica surge de reconocer que mi tendencia por idealizar a otros no solo distorsionó la percepción que tenía de aquellos que compartían la vida marital, laboral o social conmigo, sino que de a poco me alejaba, no de la realidad, sino de mí misma, y me impedía ver también su lado flaco. O sus negras intenciones. O, incluso, las bondades de su propia libertad.
Efectivamente. Esta mujer, que escribe con el corazón, reconoce que tampoco es un dechado de virtudes. Y sé que, mucho menos a estas alturas, habrá alguien que se acerque a la imagen que tengo de la perfección, misma que, obviamente, ni yo tengo. Aun a la edad de cincuenta y tantos, creo que no es tarde para valorar la importancia de la honradez y la objetividad en las relaciones. Pero tampoco para asumir la responsabilidad de no volver a construir fantasías que solo terminan por decepcionarme tanto a mí como a quien tenga (o se atreva a tener) una relación conmigo.
Es verdad que he llegado a ser, como me dijo mi mamá, efusiva y aferrada. Pero como lo dije yo, después: a pesar de mis imperfecciones, también soy honesta y amo hasta el cansancio, aunque este llegue pronto. Pero son estas características, entre tantas otras (como a tantas otras personas les pasa), las que me iluminan y me oscurecen; las que me aprisionan y me liberan; las que me abruman y me alivian. Todo al mismo tiempo. A veces más, a veces menos. Tal vez pueda ser que, a estas alturas de mi vida, me vaya a enamorar de nuevo. ¿Quién lo sabe a ciencia cierta? Sólo el tiempo y la madurez emocional me dirán si sí, y con qué intensidad. Quién sabe si, con todos estos años encima, el desenamoramiento en el que estoy hoy tendrá una duración aún mayor. Quién sabe si mis ciclos amatorio-evolutivos se vayan a acortar o a alargar. O a estancarse…
He aprendido a reconocer la otredad en sus más diversas formas. He aprendido a adaptarme a ella. He aprendido a liberarme de ella. A veces a la mala. A veces a las peores. Por eso, en cuestión de amores, hace tiempo que decidí tener cuidado y ser muy específica con lo que (sin juicio ni reglas) deseo, no porque el cosmos haya llegado a confabular a mi favor y me lo haya otorgado, sino al contrario: porque puede ser que, por no haber sabido pedirlo, obtenga algo que me haga perder, definitivamente, todo interés.
Pero que te quede claro que, a pesar de los pesares, nunca he pretendido (ni pretenderé) entrar a una relación, cualquiera que esta sea, con falsedades; o buscando, a toda costa, sólo el bien personal, aunque, hoy por hoy, lo que más me importe sean mis sentimientos.
Con todo el amor que te tengo,
Miss V.



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