PÁGAME LO QUE ME DEBES
- yesmissv

- Feb 5
- 7 min read

Entre las muchas cosas que intenté (aparentemente con éxito) inculcarles a mi hija y mi hijo, estuvo el don de la gratitud. Hoy me jacto, muy presuntuosamente, de nunca haber permitido que aceptaran algo sin antes dar las gracias por lo que fuera que hubieran recibido, ya fuera un regalo, alguna complacencia o hasta un consejo, aunque este ni siquiera haya sido pedido. Las oraciones diurnas o nocturnas al Que Es La Vida estaban también llenas de “gracias” por lo obtenido y hasta por lo no obtenido.
Pero, pese al nivel de presunción y a la poca modestia con la que comencé este escrito, no es mi objetivo hacer de él un sermón de aprobación personal y/o autofelicitación. Para eso habrá otro momento y otros mensajes.
Ciertamente ser agradecidos tiene muchas bondades sociales, pues nos permite corresponder de alguna manera a quienes nos han favorecido con su generosidad, y ganarnos, no tan desinteresadamente, otros beneficios futuros. Pero también tiene bondades personales, ya que nos otorga la virtud de apreciar los beneficios recibidos de La Vida y de la humanidad de otros; nos permite centrarnos en lo que hemos alcanzado, o queremos alcanzar; y nos deja reconocer esas pequeñas grandes bendiciones que, a veces por darlas por hecho, inadvertidamente pasamos por alto, como el amor filial, un plato de sopa caliente, la sombra que da un árbol… yo qué se.
Ya en algún otro momento le dediqué unas líneas al ser agradecidos, sobre todo al extremo del agobio, y que tal vez fuera mejor pecar de “sobre agradecidos” que de ingratos. Claro, cada situación en la que hay (o debería haber) agradecimiento de por medio es diferente, por lo que no todas pueden medirse de la misma manera. Sin embargo, hoy la cosa no va por ahí. Hoy no quiero hablar del agradecimiento excesivo, ni del que se da en la justa medida. O del que ni siquiera existe. Hoy quiero dedicarle unas líneas al hecho de cómo a veces exigimos el agradecimiento de los demás, por cualquier razón.
Efectivamente, cuando mis hijos iban creciendo, siempre que les daba algo o les hacía un favor, y no recibía un “gracias” de su parte, mi deber era casi exigir la palabra. Pero también era mi deber enseñarla, junto con sus naturales atributos, para que no quedara sólo en el vocablo, sino para que también abarcara el sentimiento de plenitud que trae la gratitud. Esto debí hacerlo por medio del ejemplo. Es decir, mis hijos jamás se hubieran convertido en las personas agradecidas que hoy son, si yo misma no me hubiera esforzado por dar las gracias, también. Y por ello, sí me alzo el cuello muy arrogantemente.
Te voy a dar unos ejemplos…
Cuando yo era una chiquilla y mi papá estaba bueno y sano, y todavía podía manejar su coche, él insistía, en su faceta de señor agradable, en cederle el paso a cuantos peatones pudiera, con la contrariedad de, en muchas ocasiones, causar estragos en el tránsito vehicular. Era menester de este señor procurar el bien de todos los peatones con los que coincidiera; muy particularmente si estos eran personas de edad avanzada, o si apenas podían dar el lento y tembloroso paso que su endeble constitución les permitiera. Ahora bien, ¿era deber irrevocable de mi papá cederle el paso a la gente, aun si esto causaba problemas con otros conductores? Definitivamente, no. ¿Mi papá hacía esto porque era su naturaleza ser amable? Estoy segura de que sí. Pero ¿lo hacía también para brillar en su personaje como “señor amable” y recibir el agradecimiento de los demás? Que no te quepa la menor duda. Por eso, en algunas de las ocasiones en las que me tocó atestiguar la “amabilidad” de ceder el paso al peatón, y este, muy orondo, no solo NO le agradecía (que era lo que mi papá quería), sino que ni siquiera volteaba a verlo, mi papá, al arrancar, llegó a gritarles “¡de nada, imbécil!”. O cosas peores.
Si mi papá hubiera podido, estoy segura de que les hubiera preguntado lo que me preguntó a mí en ese momento: “¿Y qué? ¿Yo estoy pintado? ¿No le facilité el paso por este boulevard? ¿No me merezco agradecimiento por haberle ayudado?”
Sí, papi. Ciertamente es de buena cuna ser agradecidos. Pero no todos son ni una cosa ni la otra. Con tanto peatón ingrato que le sacó canas (y una que otra palabrota) a mi papá, me di cuenta: la gratitud es el resultado de reconvenir, recomendar y hasta reprender. En buen tiempo y en la medida correcta. Diariamente.
Ahí te va otro ejemplo.
Un día de estos vi una publicación en cierta red social, en la que una persona, de manera algo chantajista, corrigió a su prole quien al decir “¡lo logré!”, por haber pasado un examen, ella le contestó “lo logramos”. La criatura, muy desconcertada, tal vez debido a su corta edad, o al calor de su triunfo, le preguntó “¿Lo logramos? ¿Tú por qué?” Mira. No sé si es el clima, la temporada del año, o que tenía hambre, pero en ese momento, la arrogante respuesta del adulto (“¿Quién te traía a tus clases? ¿Quién las pagó?”) me pareció muy parecido a decir: “si estás aquí, es gracias a mí. ¿No me merezco agradecimiento y reconocimiento por ese resultado? Entonces, págame lo que me debes dándome las gracias”.
Haber dicho “lo logramos” como respuesta a la emoción de algún éxito obtenido por alguien de nuestro corazón, bien puede nacer del amor del logro compartido, pero también del dolor del dinero invertido y del tiempo sacrificado. Sin embargo, creo que, cuando esa afirmación se acompaña de la búsqueda (más explícita que velada) del reconocimiento o agradecimiento que creo que me merezco, el mensaje puede tornarse ambiguo y, a la larga, puede resultar contraproducente.
Creo, y esto sólo lo creo yo, que, al querer compartir el logro de esta manera tan implacable, convierte el éxito del otro (nuestros hijos, los peatones…) en una deuda simbólica. Es como decir: “te fue bien porque yo estuve ahí”, o “a ver si encuentras quién más pueda ayudarte como yo”. Pero démoslo por hecho: sí lo van a encontrar. Y, en cuestiones familiares, que no peatonales, esto puede llegar a debilitar la autonomía, generar culpa o asentar la idea de que ningún logro es completamente propio. Nuestros hijos e hijas aprenderán entonces que celebrar no será simplemente disfrutar un triunfo, sino que implica justificar el logro, agradecer los medios, y devolver el favor, porque tienen qué hacerlo. No porque lo sientan en el alma.
No me lo tomes a mal. Escribo todo esto porque esta ocurrencia, que resonó rotundamente en mi corazón y en mis recuerdos, me transporta a situaciones similares que también viví con mis hijos, y que he ido trabajando a lo largo de los años. Como dije antes, el agradecimiento y el reconocimiento son dones que deben llevarse en el corazón y dejarse en el corazón de los demás. Pero, aunque el papel de un padre o de una madre ha sido históricamente sacrificado y, hasta cierto punto, invisible, exigir que los hijos reconozcan, más aún durante el momento del logro, lo que hicimos por ellos, puede desplazar el foco de su logro hacia nuestra mórbida necesidad de validación.
No obstante, también sería inmaduro afirmar que todo pedido de reconocimiento es dañino. Porque no lo es. Es el reconocimiento el que muchas veces, en nuestras múltiples sociedades, nos mueve a crecer y a ser mejores. Por tanto, señalar que los logros rara vez son individuales puede ser una lección valiosa para todos, pero habrá que hacerlo desde el cariño. Reconocer el esfuerzo colectivo, ya sea en el acompañamiento, el sostén económico o el cuidado diario, ayuda a formar personas conscientes de la interdependencia y agradecidas con quienes las rodean. La diferencia está, damas y caballeros, en el tono y la intención: no es lo mismo imponer el agradecimiento que invitar a la introspección del por qué ser agradecidos.
Cuando la madre del diálogo pregunta: “¿Quién te traía a tus clases? ¿Quién las pagó?”, no solo reclama un lugar en el logro, sino que lo hace como centro del éxito de su prole. Obviamente fue ella quien le llevaba a sus clases y las pagaba. ¿Quién más sino el adulto tenía esa responsabilidad? Su hijo es sólo un niño que no puede hacerlo solo. La felicidad y el orgullo de los hijos deberían también ser nuestros. Y, personalmente, aunque llegué a caer en el cobro de tributos por medio de la exigencia del agradecimiento/reconocimiento, algunos de los “sacrificios” a los que posteriormente me sometí fueron enteramente voluntarios. Ni mis hijos me lo exigieron a mí, ni yo se los exigí a ellos. No fui víctima de su ingratitud, porque desde su infancia me di a la tarea de que ocurriera lo contrario. Más bien fue, si se me permite el término, una “renuncia desinteresada”, pues hice lo que tenía que hacer por ellos y lo que quería hacer por ellos, sólo por verlos lograr sus objetivos.
Y la respuesta (que encierra en sí una duda) “¿Lo logramos? ¿Tú por qué?”, nace de la inocencia de no estar completamente consciente de que la gratitud es otro de los muchos buenos dones que mueven a la gente que busca ser apoyada. Y que, en turno, buscará apoyar a otros. Gratitud de por medio o no. La respuesta del progenitor también intenta mostrar que los triunfos se construyen en equipo y que nadie, por más que lo desee, es una isla. El problema no es recordar esa verdad. El problema es hacerlo desde la necesidad de ser reconocido y no desde el deseo de educar en la gratitud. Por ello, creo que siempre será mejor hacer de esto una lección de vida, al permitir que sea la criatura quien haga su propia revelación. Un contraataque como: “A ver, tú dime por qué crees que lo logramos juntos”, podría invitar a un razonamiento significativo en el que los hijos llegarán a un instante clave en su reflexión, no responder por obligación inmediata, o como respuesta a preguntas como: “¿Quién pagó?”, sino tras comprender que su éxito es un resultado conjunto. Entonces el niño entenderá que agradecer y compartir su victoria no es una deuda, sino una elección llena de agradecimiento.
Y tal vez ahí radique el verdadero equilibrio: acompañar sin apropiarse, sostener sin reclamar, mostrar sin imponer. Porque después de tantos años de agradecer (como peatón) y hasta de agradecer de más (como hija), me doy cuenta de que el agradecimiento más genuino no nace de la exigencia, sino de la comprensión. Y cuando eso ocurre, el “lo logramos” deja de ser una corrección para convertirse en un acto compartido de conciencia y amor.
Pagando las que debo.
Miss V,



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