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NO TE LO MERECES, M'HIJA...

  • Writer: yesmissv
    yesmissv
  • Mar 23
  • 10 min read

Entre los pocos recuerdos, ya borrosos, ya confusos, de mis años infantiles, principalmente evoco el de mis visitas al dentista. Los dientes, hasta el sol de hoy, me han significado ciertos problemas que, poco a poco, estoy tacleando aun a mi edad. Ya había escrito antes que, cuando tu servidora tenía unos seis años, tuve que someterme a una operación, resultado de estar desdentada, ya que mis dientes frontales se negaban a bajar de su húmedo y cómodo rincón. Antes de esa operación, el dentista tenía que evaluar mis juveniles perlas, pero, habiendo escuchado lo que se decía de los dentistas, no estaba muy segura de no seguir estando chimuela.


Con tal de dejarme revisar, mi mamá me prometió comprarme un juego de “belleza” que habíamos visto en Woolworth y que le había pedido que me comprara unos días antes. Este bello paquete incluía un espejo, un peine, prendedores, maquillaje falso, pero, sobre todo, y por lo que me dejé convencer, una mini caja de pañuelos desechables, que me pareció de lo más lindo. Al dentista, pues, había de ir, esperando el premio que vendría después.


Damas y caballeros, lo acepto: me acobardé en el último minuto. No quise entrar ni a la recepción del consultorio. Todo lo que los adultos decían de los dentistas, además del feo sonido de las fresas y el olor a clavo, me angustió muchísimo. Como supongo que a tantos otros, incluso, más viejos que yo… El doctor, por cierto, fue mucho más comprensivo que mi mamá, déjame decirte. Y, aunque trató de convencerme contándome historias de dientes monstruosos que vivían en las bocas de niños chillones como yo, o intentando convencerme con paletas sugar-free, no doblegué.


En vista del éxito obtenido, el doctor, amablemente (seguramente, resultado de experiencias similares) le sugirió a mi mamá una segunda visita al día siguiente, pues esa, en lo particular, ya estaba perdida. Y la paciencia y la calma de mi mamá, también. Con la cara roja y la nariz moquienta, iba tu servidora de la mano de ella, quien me sacó del consultorio más a jalones que dejándome caminar por mi propia voluntad. Y, ¿qué crees que pasó por mi cabecita con la lógica de mis seis años? Por si no lo adivinas, te lo voy a decir yo: se me ocurrió preguntarle a mi mamá si siempre sí me iba a comprar mi set de belleza. Finalmente, sí habíamos ido al dentista, ¿no?


Mi mamá, como seguramente serán muchas mamás de su generación (y otras tantas de la mía), podía callarnos con el poder de una mirada. Bueno. Pues después de mi atrevida pregunta, su mirada no me dejó muda, sino tiesa, aun a mi tiernísima edad. Y, con toda la paciencia que pudo reunir, tajantemente me dijo:


“No te lo mereces, mamacita…”


Ahora bien: qué era eso de “merecer”, sólo mi mamá lo sabía. Al día siguiente fuimos otra vez, efectivamente, al consultorio del dentista. Más por el deseo de estar en buenos términos con mi mamá que por el hecho de tener dientes. El hombre hizo lo que tuvo que hacer con mi juvenil dentadura, mi mamá estaba más tranquila y, finalmente, tu servidora recibió, muy merecidamente, el tan anhelado juego de belleza, con su mini caja de pañuelos desechables.  


Con mi regalo bajo el brazo y una sonrisa tan chimuela como la de toda la vida, le pregunté a mi mamá qué era “merecer”. Pero a pesar de la muy cuidadosa explicación que me dio, aún no me quedaba completamente claro su verdadero significado y, mucho menos, sus verdaderas causas y consecuencias.


Pero ahí te va otra historia, para que veas cómo empecé a vivir de manera más viva esto del “merecimiento”.


Unos años después de esa amarga primera experiencia con un profesional de la salud, la vida siguió su curso, y yo mi joven andar. En ese trayecto, ya con la madurez que trae estar en quinto año de primaria, viví, con plena conciencia, mi primer eclipse total, pero no del amor, sino de sol. Fue también entonces cuando aprendí el significado de palabras como “obsesión” y “carroñero”. Y también en ese año comprendí que formar parte del cuadro de honor no era algo que se concediera así, nomás porque sí. Había que ganárselo. O, como decía la maestra, “hacer méritos”.


Uno de esos méritos, además de sacarse puros dieces y estar calladita, era caerle bien a la maestra; y, con lo platicadora que siempre he sido, y con uno que otro ocho en la boleta de calificaciones, pues tu servidora no encajaba mucho que digamos en su grupo de niñas buenas, obedientes y aplicadas. Esta maestra, a quien, por cierto, llamaré Vicky, sólo porque ese era el nombre que nos había dicho que tenía, sin dobles apelativos ni apellidos, era una extravagante mezcla de muy mal genio, muy precisas supersticiones y muy escaso estímulo emocional.

Sin saber todavía con claridad lo que era “hacer méritos”, seguí haciendo lo que había estado haciendo hasta entonces, y que nunca me llevaría a brillar en quinto año: no sacar dieces y seguir acumulando sellitos de periquitos en mis libretas, por platicar en clase como si no hubiera un mañana. Algunas de mis amigas y yo nos declaramos molestas por nunca haber pertenecido al mentado cuadro de honor, mientras que otras, con tantos ochos como nosotras, figuraban en él cada mes. Así que un día, nos armamos de valor y nos enfrentamos a la maestra como si fuéramos unas víctimas tratadas injustamente, y le preguntamos: “¿Y por qué a nosotros nunca nos pone en el cuadro de honor, maestra?” Esta acción era un verdadero acto de valentía, pues la cara rígida de la maestra, aunada a sus cejas picudas que la hacían verse siempre enojada, y su voz chillona y cortante, que asustaba a cualquier niña hasta de tercero de secundaria, nos contestó muy secamente:


“No se lo merecen, m’hijas…”


Ahí estaba, otra vez, la vieja condición que ya había vivido antaño; la de ganarse las cosas, la de trabajar por los lugares, la de granjearse las simpatías. La condición del merecimiento. Me empezaba a quedar claro que las recompensas se obtenían a base de cumplir las promesas, de mostrar el talento y del tamaño del esfuerzo que cada uno pusiera en lo que hacía. Hasta de lo bien que le cayera uno a los demás, o no.


Posteriormente, con la idea de merecer las cosas por las que luchaba ya dentro de mi pequeño gran mundo docente, fui obteniendo mejores trabajos con base en mi experiencia, mis conocimientos y, aunque no me lo creas, también con base en lo bien que les fuera cayendo a los jefes en cuestión.


Pero pronto entendí que, aunque esto lleva el nombre de “meritocracia”, y que culturalmente es bien visto por casi todos, por su enfoque justo para reconocer las promesas cumplidas, el talento y el esfuerzo, no todo el mundo lo percibe como el sistema ideal. Un amigo mío, y también compañero de trabajo de nombre Jorge (al que por fuerza tuve que decirle “Yorch”), me dijo que la meritocracia, aunque idealizada, no es necesariamente bien recibida, pues refuerza el codicioso capitalismo de hoy, en donde las desigualdades sociales siguen perpetuándose.


Es decir, según me decía Yorch, palabras más, palabras menos, que las personas que tienen diferentes orígenes sociales y que, consecuentemente, no parten del mismo nivel económico-social-educativo, jamás tendrán la misma oportunidad de llegar a las mismas metas en la vida. Que haya llegado a suceder que alguien de baja extracción alcanzara las más altas esferas socio-laborales, sin perderse en el camino, es verdad. Pero no es, de ninguna manera, una constante. Y mucho menos en estos tiempos, en los que el “nepotismo” termina con cualquier oportunidad de merecer un puesto cualquiera con base en aptitudes, si el papá de alguien más ya lo “apartó” para su descendencia, sin importar lo inútil que ésta sea.


O sea que la meritocracia es un arma de doble filo: por un lado, esta nos endulza el oído diciéndonos que todos tenemos oportunidad de llegar al éxito, resultado de los puntos que ya toqué arriba, como el talento y el trabajo duro, entre otros. Nos mueve, por ejemplo, a buscar la excelencia, porque la experiencia y nuestro deseo de escalar a la cima casi podrían hablar por sí mismos. Pero, por otro lado, nos baja de nuestra dulce nube, haciéndonos creer que el progreso socioeconómico y las oportunidades están disponibles para cualquiera.


Y ¿podemos llegar ahí? ¡Claro que sí!


Pero no ignoremos el papel que juegan el privilegio y las conexiones sociales y laborales, que influyen en la decisión de los empleadores, o quienes ocupan puestos de poder, que nada tienen que ver con los méritos que hayamos logrado los inconexos…


Todavía albergaba tu servidora algo de esperanza. Hasta que llegué al lugar, en el tiempo y el espacio en el que me tocaba estar. En el que me di cuenta de que ocupar los lugares más prominentes de la sociedad, o los centros laborales, a veces no tiene mucho (o nada) que ver con ser meritorios, sino con ser parte del emporio. Ni llegar al lugar destacado siendo pacientes. Sino parientes.


Ahí está la jefa. Una chiquilla de menos de treinta, con la experiencia magisterial de una recién egresada, que ni siquiera es maestra sino veterinaria, pero que ocupa un lugar que, obviamente, no se ganó, sino que le dieron por ser quien es: la hija de alguien de suma importancia en la empresa.


No quiero que me lo tomes a mal. No me molesta que esté en esa posición, porque no me interesa, ni quiero, ocupar un cargo de coordinación académica, ni mucho menos. Mejor ella que yo… Mis objetivos profesionales, por el momento, y siempre, han estado enfocados en la labor docente directa. Labor que ella, a pesar de su posición, parece desconocer casi totalmente. No sé cuántos años tenga de experiencia laboral, particularmente, como docente de un nutrido grupo de alumnos, de quienes la mayoría, el nivel de inglés no rebasa el subsuelo. Como el mío. Pero creo que no tiene ninguno...


Mi mayor interés es contribuir al proceso educativo desde el aula, poniendo al alumno en el centro de las decisiones pedagógicas de la academia y priorizando su aprendizaje y desarrollo integral. Si fueron la meritocracia o el nepotismo los que la pusieron ahí, solo El que es La Vida lo sabe. Pero de lo que ella sí es culpable es de un incipiente delirio de grandeza que de a poco se deja ver entre sus palabras, y que me recuerda a otra jefa que tuve. Pero eso es tema de otro escrito.


Lo que sí me preocupa, porque es justamente lo que hubiera querido que ocurriera, y lo que es otro de mis intereses, es su ausencia de mirada crítica, experimentada y sensata al momento de tomar decisiones conscientes, que tengan al alumno en el centro del proceso educativo y no únicamente las ganancias de la empresa. ¡Qué maravilloso que se haya podido concretar un acuerdo importante con los socios de la empresa donde trabajan mis (hoy ex) alumnos, y que haya podido distribuir, en persona, los libros que ya estaban cubiertos! ¡Qué lamentable que ese pareciera ser el límite de su interés por las personas que buscan salir adelante al querer aprender otro idioma! Y, considerando el nivel tan básico con el que cuentan, lo que verdaderamente necesitaban no era sólo el acompañamiento de su maestra (que siempre tuvieron mientras trabajé con ellos) sino también el respaldo de la coordinadora académica que los vea como estudiantes con potencial, y no sólo como cifras en un balance económico. Si pudiera, yo también le diría:


“No te lo mereces, m’hija…”


Es evidente que su papá le ha depositado su confianza absoluta. Obviamente, también es cierto que el aprendizaje suele surgir del error. Pero ¿para qué esperar hasta entonces? Sin embargo, aunque esas personas con verdadero interés por aprender también fueron parte de mi responsabilidad, no constituyeron el peso total de mi carga.


Y, al estilo de aquel bíblico oficial romano, pero haciendo siempre lo que tengo que hacer, siguiendo las reglas hasta el punto de la obsesión, y buscando siempre el bienestar de mis alumnos, aun por sobre las decisiones de los poderes en turno, me deslindo (me lavo las manos) de la falta de interés que dichos poderes muestran hacia mis estudiantes, pues mi conciencia permanece tranquila al saber que he actuado conforme a mis principios. Personales. Y profesionales.


Aprendí a apreciar y a acompañar a esos estudiantes, y a cuantos han caído en mis redes, con honestidad y respeto, pero no estoy dispuesta a comprometer ni su bienestar ni mi reputación, ganada a pulso a lo largo de mi trayectoria profesional, por acuerdos convenientes, falsas jerarquías o cargos que exceden la capacidad de quien los ostenta. Mi lealtad no está con los títulos ni con las apariencias de una empresa u otra, aunque ellas sean las que me paguen. Mi lealtad está con la educación bien entendida, con la responsabilidad ética y con la convicción de que enseñar implica, ante todo, actuar con la coherencia y la dignidad que me han caracterizado en los últimos treinta años de mi carrera docente.


Perdón. Me perdí por unos minutos…


Estimados amigos y colegas. Conocidos todos: sépanse que estoy convencida de que, al final, enseñar no consiste únicamente en transmitir contenidos, sino en tomar postura. Y mi postura, en lo personal, estará siempre de lado de la educación de calidad, con sensatez y humanidad. Del lado de cada decisión que se toma dentro (y fuera) del aula, que revele qué se está dispuesto a defender y qué no.


También entiendo que la educación no es únicamente caridad, y sí un negocio del que muchas personas dependen (dependemos, dijo el otro) económicamente. Es una bien complementada, pero a veces mal manejada, mezcla de humanidad y beneficio financiero. Y es esa mancuerna, precisamente, la que implica asumir responsabilidades, al mismo tiempo que reconocer límites; saber cuándo acompañar, al mismo tiempo que comprender cuándo soltar; entender cuándo insistir, al mismo tiempo que saber cuándo decir “basta”.


En cada entorno donde el mérito tiende a oscurecerse por los favoritismos y las relaciones de poder, sostener la ética y la coherencia, incluso en contra de las autoridades escolares, se vuelve un acto casi contracorriente. Tal vez la verdadera lección no esté en obedecer sin cuestionar ni en escalar posiciones por conveniencia, sino en permanecer fieles a la meritocracia, aun cuando el nepotismo sea más fuerte; en permanecer adheridos a la justicia, aun cuando la arbitrariedad nos sobrepase; y en permanecer honestos con aquello que nos permite mirarnos al espejo sin bajar la mirada por vergüenza o por derrota. Pero sobre todo, en permanecer perseverantes con  la congruencia entre lo que se enseña, lo que se cree y lo que se está dispuesto a proteger.


Muy merecidamente,

Miss V.

 
 
 

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