MI VERSIÓN DE MI HISTORIA
- yesmissv

- Dec 27, 2025
- 6 min read

¡Qué interesante es la vida! Y más interesante, todavía, es la manera en la que todos, aun viviendo lo mismo, la vemos, la andamos y la contamos de manera completamente distinta.
Fíjate. Ahí te va un poco de historia: corría el año 2009. Después de casi dos décadas de haber trabajado en cierta institución de inspiración católica, las autoridades, con todo el poder que tienen por ser quienes son, me extendieron la fatídica invitación a dejar de pertenecer a sus filas docentes (invitación que, por cierto, no me quedó más remedio que aceptar). La pena y los amargos recuerdos suscitados por semejante hecho siguieron guardados por mucho, mucho tiempo, en el disco duro de mis memorias más ofendidas y resentidas, aunque la experiencia ya hubiera perdido la frescura.
En aquellos tiempos tu servidora no entendía la razón por la cual se me trató de una manera tan vil pues, según recuerdo, no había ningún motivo válido por el que hubieran tenido que despedirme, ya que la mayor parte del tiempo fui muy dedicada a mi trabajo; casi siempre entregaba mis planeaciones a tiempo y completas; y muy rara vez me enfrascaba en discusiones con mis coordinadoras, resaltando lo mal que hacían su trabajo. O lo mal que hablaban inglés…
Durante un buen número de años estuve recontando esta historia, añadiéndole tantos huecos y recovecos que, al final, el relato original había sido dramáticamente destrozado, teatralmente amputado y espectacularmente mutilado, por lo que no se parecía mucho a la historia original.
Los intercambios de opiniones con las personas que compartían mi sentir al respecto de mi centro laboral, ya fuera porque también les había pasado lo mismo o porque estuvieran fielmente de mi lado, eran gasolina pura que avivaba el fuego del resentimiento contra la institución que no me había sabido valorar, ni a mí ni a tantos otros. Los familiares y los amigos que me quieren y de quienes he siempre recibido apoyo moral y emocional en cualquier circunstancia, declararon esta situación una injusticia, resultado de la envidia, por lo que mi despido era, definitivamente, una pérdida para ellos.
Puede que hoy, después de tantos y tantos años, no recuerde del todo, con toda honestidad, las verdaderas causas de semejante situación en la que la culpa fue, aparentemente, mía y sólo mía. Quiero pensar que se “me dejó ir” porque ya no me alineaba con las proyecciones de la empresa, y no porque le caía mal a alguien. Pero, aunque así fuera, ¿qué se le iba a hacer? Pero lo que sí es cierto es que los recuerdos se han ido nublando a lo largo de los años. Mientras más pasa el tiempo, y mientras más ambigüedades le agregamos a nuestras historias, los recuerdos van tornándose borrosos, y la razón o el resultado de alguna situación u otra se van desdibujando. Por eso, cuento lo que “sé” que pasó en general, aunque ciertas particularidades acomodaticias añaden a lo difuso de la experiencia. Más aún si voy creyendo mis propias nuevas historias.
En las incansables justificaciones de mis diversas formas de actuar en la vida, aunada a una que otra mentirilla añadida para agregarle sabor al cuento, mi versión de los hechos ha sido la que, muchísimas veces, ha marcado la pauta de cómo presentarme ante los demás, y/o cómo funcionar psicológicamente. Al cabo de un número de experiencias vividas sin testigos fieles y propicios, tu servidora, como seguramente otros tantos sinvergüenzas, buscamos tantos aliados como nos fue posible, a los que pudiéramos contar nuestra versión de la historia.
Por cierto, en esta versión, creo que casi todos contamos los capítulos de nuestras biografías (porque son nuestras) colocándonos en cada aventura como los verdaderos héroes de la historia, las víctimas incomprendidas, o los sabiondos que tienen siempre la última palabra. Por lo menos, yo lo hice así. Pero la realidad terminó mezclándose con el deseo de lo que hubiera sido, y que, francamente, no ocurrió nunca. Finalmente me di cuenta de que los recuerdos que he ido guardando a lo largo de los años puede que no sean, necesariamente, un reflejo fiel de los hechos que acontecieron en aquellos entonces, pues es bien sabido que, además de que el tiempo lo cura todo, la edad nos hace desvariar, y el ego nos empuja a presentarnos como los ganadores…
Retomando la primera narrativa, no sé qué tanto mi despido fue una pérdida para ellos. Pero después de un tiempo, de lo que sí me di cuenta es que, en realidad, mi “injusta” destitución fue una ganancia para mí. No pretendo ya jugar la carta de la inocente. Lo que pasa es que, cuando una ha crecido lo suficiente como para hacer las paces con su psique, es una capaz de entender que, en aquel momento fatídico, era la vida la que me estaba indicando a gritos (que decidí no escuchar) las señales que le había pedido en algún momento, y que sí me dio, pero que estaba neciamente ignorando: que ese lugar ya no era para mí y que, como los zapatos de la infancia, ciertos lugares ya nos van quedando chicos.
¿A qué quiero llegar con tanta palabrería?
Creo que, tal vez con alguna u otra honrosa excepción, la mayoría de las personas tenemos la necesidad de contar, a los demás y a uno mismo, ciertas historias que nos permitan seguir funcionando como seres individuales, pero que también nos permitan ser un miembro “interesante” de cualquier grupo social. Ciertamente, la vida no solo está compuesta por hechos objetivos basados en la realidad; también vivimos de sueños y significados. La tercera dimensión tiende a ser tan caótica y ambigua como dolorosa y, como seres humanos necesitados de reconocimiento, no toleramos el vacío de sentido. Por eso, tu servidora interpretó, ordenó y, en muchos casos, relató escandalosamente lo vivido para que encajara en una narrativa que me permitiera salir adelante.
Que posteriormente haya creído en mi propia versión de los hechos cumplió, ante todo, la función, meramente psicológica, de proteger mi mente y mi corazón. Aceptar las cosas exactamente como ocurrieron, o sea, decir que me corrieron porque la empresa ya no me necesitaba, no es tan emocionante como decir que me fui de ahí teniendo una ruidosa, y muy ejemplar, última palabra. Además, eso habría implicado asumir la culpa, el fracaso o la contradicción de mi pensar y mi actuar, y esto, en medio de un estado de extrema vulnerabilidad, pudo haber sido demasiado amenazante para mi identidad. “Tuve” que ajustar mi historia, un tanto conscientemente, otro tanto inconscientemente, para reducir mi culpa y/o justificar mis decisiones y acciones pasadas.
¿Es una manera de mentir? ¡Sí que lo es! Pero (aquí me justifico nuevamente) mi nueva mentirosa versión fue un mecanismo de defensa que me ayudó a no romperme completamente, después de una serie de eventos que ya me habían resquebrajado el alma.
Y, como dije antes, la memoria no es un reflejo fiel de los hechos que ocurrieron ayer, sino un proceso dinámico y harto selectivo. Cada decisión de antaño he de recordarla desde el presente, filtrando el pasado a través de mis emociones, creencias y necesidades actuales. Cada vez que recuerdo ese hecho en particular, lo reconstruyo. Por eso, como también mencioné al principio de este escrito, dos (o más) personas que vivieron la misma situación, pueden recordar versiones radicalmente distintas, ambas sinceramente creíbles, pues cada mente en lo individual completará los vacíos, suavizará las aristas, y reforzará aquello que confirma la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Y, ¿qué imagen es esa? Pues la que me haya autoasignado según el contexto histórico-emocional que hubiera estado viviendo en ese momento, y que me haya ayudado a comprender mejor el porqué de lo que estaba atravesando entonces: la imagen de la víctima, la que hizo lo mejor que pudo, la que fue injustamente tratada, la que siempre tuvo la razón. La narrativa del que se pretende ganador no sólo me ayudó a organizar mi pasado, tan límbico aún en ese momento, sino que favoreció un cambio en mi presente, y mis deseos del futuro.
Finalmente, creo que creer en la propia versión de los hechos también ofrece cierta coherencia. Yo (como cualquier otra persona de este agobiado planeta) necesito sentir que hay lógica y continuidad en mis acciones. En aquellos tiernos años, haber aceptado que actué mal, que me equivoqué gravemente o que fui injusta, habría roto esa sensación de coherencia interna, aunque el vínculo externo fuera inexistente. Por eso, aunque los hechos objetivos digan otra cosa, la narrativa personal suele imponerse: no porque sea verdadera en términos históricos, sino porque resulta funcional en términos emocionales.
En síntesis, sin justificar ni avalar el porqué de mis acciones pasadas, estoy completamente convencida de que cada uno contamos nuestra propia historia porque necesitamos sobrevivir psíquicamente a lo vivido. Las muy variadas versiones de la propia historia no siempre buscan contar la verdad, ni encontrar tantos adeptos a nuestra narrativa como nos sea posible; sino que persiguen la facultad de seguir siendo quienes somos sin desmoronar nuestras conciencias y nuestros espíritus. Comprender esto no justifica todas las deformaciones en mi historia, pero sí me ayuda a mirar a otros (y a mí misma) con mayor empatía y menos juicio.
Modificadamente,
Miss V.



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