MARÍA
- yesmissv

- Jan 9
- 5 min read

María,
Sé que no te has ido del todo. Una mañana te vi en tu forma habitual de chupamirto, volando muy cerquita de mí. Como si de verdad quisieras que te viera. Otro día olí un perfume que no había olido jamás, bello y fragante, e inmediatamente supe que eras tú, aunque ni siquiera me acuerdo de tu olor.
El alma no entiende de fechas, y en la que te fuiste, un seis de enero, significó para mi mamá y tus otros hijos e hijas una dicotomía de aflicción y alegría que ha durado muchos años. Creo que todavía le dueles mucho. Además, desde hace tanto tiempo que no estás aquí, que ni siquiera me atrevo a medir tu ausencia en años. Prefiero medirla en signos. En la pena que dejaste aquí. En los silencios heredados y vueltos a heredar. En los miedos adquiridos. Pero también en las fortalezas inexplicables.
Seguramente sabes que tu espíritu sigue manifestándose en el corazón y en los recuerdos de tus hijas. Y, aunque no lo hayamos decidido así, sólo porque no te conocimos del todo, tu presencia sigue viva entre tus nietas y tu bisnieta.
No pudimos evitarlo. Cuando nos dimos cuenta, estábamos empapadas de tu amor, que llegaba desde ese espacio en el que estás. Ese, el que no le pertenece al tiempo, sino al alma. El lugar que se une al nuestro con un hilo invisible que sigue conectando a las mujeres de tu linaje. Donde las conciencias y los corazones se reconocen sin palabras. Donde hay libertad. Donde ya no duele nada.
Tu presencia no se ha extinguido, bella Mariquilla: sólo se transformó en raíz, en memoria viva, en energía palpitante que sigue corriendo en la sangre de las mujeres de tu descendencia. Pero tampoco se ha borrado la culpabilidad que dejaste atrás. La que tus hijas se han empeñado en hacernos sentir, como si no haber podido hacer más por tu paz fuera un pecado que debiera heredarse y sufrirse para siempre, en su generación y en todas las que sean posibles. Como si nosotros debiéramos pagar por el dolor que viviste en un matrimonio tan podrido. Tan desigual. Tan abominable.
Pero aunque lo que tus hijas decidieron sentir fue por tu causa, ni siquiera es culpa tuya. Ni mía. Tampoco de mi hija. Es de aquellas personas quienes, tal vez dentro de su inocencia emocional, creyeron que curar sus heridas de ti o sanar su alma y sus emociones significaba olvidarte o traicionarte.
¿Te diste cuenta de que, después de tu muerte, tus hijas vivieron con miedo?
No por fragilidad, sino por lealtad.
Miedo a crecer emocionalmente más que tú.
Miedo a ser felices cuando tú, a sus ojos, nunca lo fuiste.
Miedo a elegir distinto y sentir que, al hacerlo, despreciaban tu memoria.
Aun en tu ausencia, tenían miedo de no respetarte, de no honrarte, de no ser dignas de tu historia. De no obedecerte. De no hacer lo que a ti te hubiera gustado que hicieran, aunque ya no estuvieras aquí, por temor a ofenderte. Y así, sin darse cuenta, a lo largo de tantos y tantos años, confundieron el amor con quedarse emocionalmente pequeñas.
Tal vez no recordaron que las abuelas maternas son las guardianas del origen. Son raíz, memoria y umbral. Son portales que dan paso a las que venimos después de ellas. No fueron solo hijas e hijos los que se gestaron en tu vientre, sino memorias, rumbos, fuerzas incorpóreas que han viajado de generación en generación. En ti continuó una corriente que enhebró el corazón de tus hijas con el de tus nietas y el de tus bisnietas. No solo heredamos tu sangre, María: también heredamos tus heridas y tus silencios. Pero igualmente tenemos de ti tu fortaleza y tu luz.
Sé muy bien que tu vida no fue fácil. Sé que sufriste. Sé que amaste más de lo que fuiste amada. Sé que fuiste fuerte en un tiempo que no ofrecía salidas ni aceptaba justificaciones. No te escribo para abrir las heridas de antaño. No podría. Tú estás más allá de la suciedad de este plano. Te escribo, más bien, para honrar tu resistencia. Porque sobrevivir también es una forma de valentía, incluso cuando no se le daba ese nombre.
Sé que cargaste dolores que no debías haber cargado. Sé que tu espíritu tuvo que hacerse fuerte cuando el mundo fue duro contigo. Sé que tu alma soportó, valiente, en un tiempo donde a las mujeres se les pedía aguantar más de lo que era justo. No siempre se nace en el tiempo y lugar propicios; pero, aun así, tu alma eligió permanecer, perseverar, proteger. Y eso también es un acto sagrado.
Es desde tu posición en la historia que tus pasos siguen transitando los caminos del linaje, a través de tus sucesoras. Aunque muchas de nosotras no te hayamos conocido. Pero te hemos llevado dentro de muchas maneras: en el modo en el que amamos y en la forma en la que callamos. Pero también, en la determinación, cada vez más fuerte, de romper los viejos ciclos de dolor y de obediencia ciega.
Y es a partir de ese dolor que ha empezado a nacer en nosotras una conciencia que hoy empieza a despertar, una vida que se busca vivir de diferente manera; elecciones que se hacen con mayor discernimiento y libertad. Nombrar lo que antes no debía salir a la luz. Defender la dignidad que a ti tantas veces te fue negada.
¡Gracias, María! Gracias por haber sido el vientre primero, la raíz silenciosa, el corazón amoroso. Gracias por haber sido la mujer que sostuvo a sus hijos e hijas cuando lo justo parecía inaccesible. Gracias porque, aun sin pretenderlo, a través de tus hijas nos heredaste la fuerza para cuestionar, el deseo de sanar, el ímpetu para construir lazos más libres y más amorosos.
Hoy te lo pido desde el corazón, querida abuelita. Aunque no creo que necesites mi permiso. Sigue volando con las alas del amor eterno. Con las alas de quien no siente ya ninguna atadura con este plano, ninguna angustia y ningún tormento, aunque quienes te sucedieron se empeñen en seguir unidas a ti a través del miedo y la culpabilidad.
Hoy me libero de las ataduras que quisieron imponerme quienes tanto te amaron y quienes creían que ser libres y diferentes a ti era una afrenta a tu memoria y a tus recuerdos.
Hoy te devuelvo lo que fue tuyo y que no me pertenece, ni a mí ni a mi hija: el sufrimiento, la culpa, la obligación de cargar con lo no resuelto.
Hoy me quedo con lo que era tu esencia: tu fuerza, tu intuición, tu capacidad de amar aun en la adversidad. Tu capacidad de brillar aun en la oscuridad.
María. Desde donde estés, recibe esta proclamación:
Ya no es necesario que nadie se quede atrás para honrarte.
Tu historia puede descansar.
Tu linaje puede avanzar.
Desde donde estés, recibe este acto de reconocimiento colectivo:
Tu vida fue vista.
Tu sufrimiento fue reconocido.
Tu historia ya no necesita repetirse para ser recordada.
Te vemos.
Te reconocemos.
Te amamos.
Y ahora, con amor y conciencia, seguimos caminando libres.
Gracias, María.
Gracias, abuelita.
Por la vida.
Por la raíz.
Por permitirnos, al fin, crecer.
Con amor profundo,
Una de las muchas mujeres de tu linaje.
Vero.



Comments