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LUCÍA

  • Writer: yesmissv
    yesmissv
  • Jan 14
  • 4 min read

Sé que sigues presente de alguna u otra forma. Hace unos días vi unas florecitas blancas que se apropiaban de un pedacito de pasto y supe, casi inmediatamente, que me estabas hablando por medio de ellas. Otro día recordé muchas veces el nombre con el que te llamábamos todos, aunque ya casi no me acuerdo de tu cara.

 

El corazón no sabe de tiempos, y tu tiempo en este plano fue tan breve para mí que contrasta tremendamente con el tiempo que te he llevado en el corazón. Conociéndote por lo que me platican de ti. Honrándote porque es lo que mereces. Amándote porque así lo he elegido.

 

Es posible que, desde donde estés, te hayas dado cuenta de que tu espíritu sigue presente entre tus hijas e hijos y tus numerosos nietos y bisnietos. Y, aunque no te hayamos conocido del todo, seguimos hablando de ti.

 

Aunque quisiéramos olvidarte, no podríamos. Mi papá te sigue extrañando como si te hubieras ido ayer, y sigue hablando de ti con tanto amor, que ya estamos empapadas de él. Un amor que ha trascendido el tiempo y el espacio, las mentes y los corazones. Ese que sigue uniéndonos desde el lugar en el que estás, donde los pensamientos y las almas se reconocen sin hablar. Donde ya no hay ataduras. Donde ya no hay dolor.

 

Tu memoria sigue viva, hermosa Mamá Chía: nos une a ti el hilo invisible que enlaza a las generaciones más allá del tiempo. Aunque hayas pertenecido a un mundo y a una época distintos. Aunque hayas tenido que someterte a reglas que no siempre eran justas para las mujeres de tu siglo. Aunque tu deber se redujera al de ser madre, casi exclusivamente. Y, aun así, tu espíritu se mantuvo tan firme y tan leal que los hijos que aún te quedan aquí siguen recordando tu fuerza, tu encanto. Tu estampa.

 

Tu influencia no se limitó a tus hijas y tus nueras. Los hombres del linaje también te han llevado como arquetipo de la maternidad: aprendieron de ti el valor del cuidado, de la paciencia, del cariño expresado en lo cotidiano. Porque las abuelas no solo nutren los corazones de sus hijas y nietas, también forman hombres sensibles, conscientes, capaces de recordar y honrar sus raíces.

 

Te escribo desde la memoria agradecida y desde el reconocimiento que quizá no siempre se decía en voz alta. Fuiste una mujer de otra época, de muchos hijos, de casa llena, de manos siempre ocupadas y corazón siempre disponible. Una mujer querida y respetada por quienes te rodearon, aunque no siempre tratada con la justicia que merecías.

 

Fuiste una mujer de muchos hijos, de casa y manos llenas. De afectos repartidos tan sin medida, que hasta mi propia mamá te lleva en su corazón con mucho del cariño que se alberga en él. Y aun con el amor y el respeto que te profesaron quienes te conocieron, sé que llevaste cargas que te fueron impuestas y que callaste silencios que no elegiste. No porque te faltara carácter, sino porque a las mujeres de tu generación se les pedía aguantar más de lo que correspondía. Y, aun así, tu luz ha brillado incansable desde el plano en el que estás.

 

Tal vez porque se dieron cuenta de que las abuelas paternas son pilares del linaje. Son la raíz que sostiene el nombre de su descendencia, pero también el corazón que humaniza su historia. Por tu medio, tus hijos e hijas aprendieron el valor de la constancia; tus nietas y nietos, la trascendencia de la cercanía; y tus numerosos bisnietos y bisnietas, la importancia de la ternura que no necesita imponerse. En ti, amada Lucía, todos cuantos genéticamente te perpetuamos, hemos encontrado, de una manera u otra, un punto de referencia: alguien que enseñó, con el ejemplo, que la fortaleza también puede ser amorosa.

 

Sé muy bien que tu manera de resistir fue distinta. Sé que sostuviste más de lo que te sostuvieron a ti. Sé que fuiste fuerte en un tiempo que no ofrecía salidas ni aceptaba justificaciones. No te escribo para escapar de tu proyección en mi vida. No podría. Hoy estás más allá de las ingratitudes de este lugar. Más bien, te dedico estas líneas, desde mi corazón, para honrar tu entereza. Porque resistir también es una forma de valentía, incluso cuando se le llamaba de otra manera.

 

¡Gracias, Lucía! Gracias por haber sido un fuerte sostén, un cálido hogar, un corazón amoroso. Gracias por aligerar la carga de sus hijos e hijas cuando la imparcialidad parecía incomprensible. Gracias porque, sin saberlo del todo, a través de mi papá nos heredaste la fortaleza, la firmeza y el respeto al hogar.

 

Hoy te lo pido desde el corazón, querida abuela. Aunque no creo que necesites mi permiso. Sigue volando con las alas del amor eterno. Con las alas de quien no siente ya ninguna atadura con este plano, ninguna angustia y ningún tormento, aunque quienes te sucedieron se empeñen en seguir atadas a ti a través de la obediencia y la culpabilidad.

 

Hoy entiendo que, de ti, no sólo recibí mi historia, sino mi destino. Te agradezco el regalo de mi padre, y por las lágrimas que escondiste por él y todos tus hijos, para no acongojarlos.


Hoy sé que el ímpetu que me hace sacar fuerzas de flaqueza, eres tú, manifestando tu amor desde donde estás. Pero también reconozco las dificultades que, en muchas ocasiones, estoy segura de que tuviste que vivir en silencio.


Hoy te honro sin idealizaciones, sino con comprensión. Abrazo lo que diste y reconozco también lo que no te fue permitido. Y al hacerlo, integro tu historia a la mía con respeto, sin cargarla, sin repetirla. Sólo amándola.

 

Lucía. Desde este presente, te decimos juntas y juntos:

Tu herencia no fue el miedo, sino la permanencia.

No fue el silencio, sino la presencia.

No fue la dureza, sino la sonrisa que aliviaba los días.

 

Desde donde estés, recibe este acto de reconocimiento colectivo:

Descansa, abuela.

Tu linaje continúa.

Y lo hace con más conciencia, con más libertad, pero con el mismo cariño que tú supiste sembrar.

 

Te vemos.


Te reconocemos.

 

Te amamos.

Y ahora, con amor y conciencia, seguimos caminando libres.

 

Gracias, Lucía.

 

Gracias, Mamá Chía.

Por la vida.

Por la historia.

Por el destino.

 

Con respeto, gratitud y memoria,

Una de las muchas voces que venimos de ti.

 

Vero.

 
 
 

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