HOY CAMBIO
- yesmissv

- Jan 5
- 10 min read

¿A quién que navegue por redes sociales no le ha pasado que, por andar de acosadores viendo perfiles ajenos, accidentalmente, le da “me gusta” a alguna fotografía que ni siquiera es reciente? A tu servidora, sí. Pero si a ti no, no sabes el sentimiento de horror que da cuando ocurre, pues la notificación de cada reacción le llega inmediatamente al acosado en cuestión, por lo que también, inmediatamente, se entera de que andabas de chismoso, fiscalizando sus fotos antiguas. Quisiera uno desaparecer de las redes sociales, del país, del planeta…
Sin embargo, puede darse también lo contrario. Es decir, pudiera ocurrir que el acosado sea uno, y que el chismoso haya, con toda alevosía, accedido a tu perfil con el preciso objetivo de acecharte, y comparar tu antes y tu ahora.
A este respecto, yo misma sé que mi físico de hoy, comparado con el del pasado, no es el óptimo. Cierto: el tiempo pasa y no se detiene para nadie, aun con toxina botulínica y demás aditamentos. Y es precisamente por eso que evito sacarme fotografías y subirlas a redes sociales, porque cuando es así, tengo que hacerlo con toda la cantidad de filtros posibles con tal de no desagradar al público en general. Pero no te preocupes. Estás a salvo, porque subir fotos no es algo que haga con frecuencia ya que, honestamente, no quiero que me encuentres en la calle y te lleves la decepción de tu vida al ver que mi cara en la tercera dimensión no se parece en nada a la cara de la segunda…
Pero regresando al tema de los chismosos, te informo que no sólo he estado, en ocasiones, del lado del vigilante, sino también del vigilado. Esto quedó completamente de manifiesto cuando, un día de tantos, me di cuenta de que alguien estaba acechándome en la más popular y azul red social de los últimos años. Un “like” a una foto puede pasar como accidente. Diez “me gusta” a diez diferentes fotos, todas en diversas etapas de mi vida, era un claro indicativo de total metichez. No obstante, y a pesar de la larga introducción, no es mi objetivo platicarte de la impertinencia de esta u otras personas, sino de lo que se produjo luego del comentario que, sin ningún empacho, él me hizo después.
- “Oye”, me dijo. “¡Pos’ sales igual en todas tus fotos!”
- “Pos’ sí”, le dije. Soy la misma en todas”.
(Pero bien que les diste “me gusta”, ¿no?)
Al principio me sentí ofendida. No puedo cambiar la cara que tengo, aunque quiera. Pero ¿acaso soy tan simple que todas mis imágenes me muestran siempre en la misma pose? ¿Siempre tengo la misma media sonrisa, esa que expone el mejor (o el menos malo) lado de mi asimétrico rostro? Pero más importante, todavía: ¿cómo se atreve este a juzgar mis fotografías?? Sin embargo, al cavilar sobre el asunto me di cuenta de que había algo de bueno en su comentario, y elegí una conclusión que me tranquiliza el alma: mi envejecimiento ha sido lento y poco notorio. O eso quiero creer yo...
Contra el paso del tiempo, nada he podido hacer. Como dije antes, este avanza de manera implacable y no detiene su marcha, aunque lo amenacemos con jeringas y bisturíes, mismos que aún no me atrevo a utilizar. El cambio físico es inevitable. Pero también lo es el emocional, el mental. El espiritual.
Estos últimos, afortunadamente (o tal vez, desafortunadamente) no requieren de escalpelos que quiten lo que sobra, ni de pinzas que estiren lo que está arrugado. Sino que necesitan cortes más profundos en el corazón y en la conciencia para que puedan darse de manera exitosa. Y, una vez efectuados, no volvería (ni mucho que pudiera) a ser la misma de siempre, aunque tenga la misma cara…
Que las personas nos renovemos, que vayamos sufriendo alguna metamorfosis, o que tengamos cambios que nos muevan hasta el punto de desconocernos a nosotros mismos, puede obedecer a una mezcla de inclinaciones intrínsecas, tales como el paulatino o repentino conocimiento de uno mismo, un ajuste en nuestros objetivos personales y/o profesionales, el dolor acaecido por algún suceso. O bien, que el estancamiento nos haya llevado a sentir otras dolencias emocionales, propias de la rigidez en las ideas. O, todo lo contrario. Puede que los cambios sean el resultado de elementos extrínsecos, llámense sucesos de la vida, el crecimiento académico o los nuevos aprendizajes y relaciones adquiridos.
Hay, efectivamente, un buen número de cambios que nos marcan la vida. En lo personal, sé que muchos de ellos escapan a mi control, sobre todo si estos se dan en momentos, o vienen de contextos, sobre los que no tengo autoridad o dominio: los giros drásticos en la sociedad, las actitudes de otros, la incertidumbre del futuro. Éstos, desafortunadamente, me preocupan demasiado. Tal vez me lleguen a preocupar más que las cosas que sí puedo cambiar, como mi actitud, mi comportamiento o mis hábitos.
Las personas que me conocen saben que NO soy una MUJER tan valiente como a veces he aparentado ser. Con toda honestidad te confieso que los cambios siempre me han dado mucho miedo. Abandonar mi zona cómoda me ha causado, muchas más veces de las que quisiera, temblores en la voz y espasmos a la hora de tomar decisiones. Sin embargo, también siempre he tenido que enfrentarme a él. No porque haya querido, o porque haya, intencionalmente, buscado cambiar. Más bien, he tenido que abandonarme al cambio porque no me ha quedado más remedio.
Cuando este ha sido el caso, también debo confesarte que, muchas veces he dejado que las cosas se deterioren de tal manera, que no me queda más remedio que decidir, muy a regañadientes, hacer algo al respecto. Alguna que otra vez he tenido que sufrir las tristes consecuencias de mis decisiones (o de las de otros) antes de ceder a la crisis y optar por entrar en modo de supervivencia. Y luego, para acabar, los estira-y-afloja entre mi alma y en mi conciencia me dejan tan debilitada y agotada emocionalmente, que no me queda ni el coraje ni las ganas para llevar a cabo la apremiante urgencia de transformarme.
Y, por si esto fuera poco, agrega el hecho de que mi edad, por lo menos psicológicamente hablando, me juega en contra. Y a veces, juega tan sucio, que siento que sale triunfadora en todas las oportunidades en las que quiero empezar a hacer algo diferente, pero que, por tener más de cincuenta, es “imposible”.
Y es esto último lo que ha ocupado mucho de mi tiempo de cavilación, últimamente. Precisamente, hoy en la mañana me desperté pensando en cómo cambiar, qué cambiar y, particularmente, si debo, o no; o si me atrevo, o no, a cambiar. No sé si será que los años han transcurrido mucho más rápido que en mi juventud; si, al ir cumpliendo años, también me doy cuenta de que no he cumplido con todos mis sueños; o si mi preocupación se deberá al hecho de, por fuerza, sentir que tengo que preocuparme por algo diferente de las muchas cosas por las que ya, de por sí, me preocupo.
Y, tal vez, no me creas lo que te voy a decir. O tal vez sí, porque nuestros teléfonos todo lo oyen. Pero seguramente también te habrá ocurrido que, cuando las cosas deben llegar a uno, llegan sin importar los medios o los caminos. Cuando navegaba por la red de la flecha roja, la más monopolizadora de videos, apareció uno en la que una doctora de apellido Modara, hablaba de lo que más me da miedo hoy por hoy: hacer cambios en mi vida a esta edad. La de cincuenta y tantos.
El video no es tan nuevo. Tiene casi nueve meses de haber sido subido a redes. Pero llegó, con toda seguridad, y muy providencialmente, en el momento en el que tu servidora más necesitaba escucharlo.
Al inicio de su ponencia, la doctora argumentaba que siempre, al ir creciendo, se nos dice que debemos tener una “buena vida”. Supongo que según los estándares del clan. Que para llegar al éxito era necesario que siguiéramos el camino correcto: ir a la escuela, obtener un título, tener un buen trabajo, tener un esposo (o esposa) maravilloso, tener hijos y educarlos de la misma manera en la que nosotros fuimos educados. Y, finalmente, retirarnos y pasar el tiempo que nos quedara de vida cuidando de nuestros nietos…
La doctora, como muchas personas de este planeta, efectivamente siguió “las reglas”. Otros, como tu servidora, quisiéramos haberlas seguido también, al pie de la letra. Como lo dictaba la sociedad. Como lo esperaba el clan. Pero por circunstancias ajenas a nuestra voluntad, hicimos lo mejor que pudimos. Y nos apegamos al modelo de éxito que se esperaba de nosotros tanto como fuimos capaces.
Sin embargo, para la doctora, ya casi llegando a los cincuenta, hubo un cambio en su vida tan cliché, tan cuadrada y tan bien planeada, cuando rechazaron su petición de convertirse en la CEO de la organización en la que trabajaba entonces. Creo que podríamos adivinar por qué. Y si no lo adivinas, te lo digo: porque era mujer, y ellos querían un hombre. Por ello, a esa edad, y con ese género, tomó una decisión de tal valentía que pocos, aun a una edad más temprana, jamás nos habríamos atrevido a tomar. Eligió empezar a rediseñar su vida. ¡Imagínate! ¡A los cincuenta!
Después la doctora continuó diciendo cosas que me llegaron al alma y que reflejaron mucho de mis vivencias. Dijo que no haber logrado ese cometido en lo particular, la hizo sentirse fracasada pues, para ser exitosa y tener una buena vida, necesitaba probarse a sí misma (y a todos a su alrededor) que era lo suficientemente buena para lograr lo que se propusiera, incluyendo ser una CEO, pues su profesión era, prácticamente, su única identidad.
Así como para ella lo fue en su momento, también para mí mi carrera ha sido casi mi única identidad. Mi título es importante y, casi siempre, en muchas circunstancias sociales, me he presentado como “maestra”. Casi nunca como “señora”. Y hasta el sol de hoy, al igual que la doctora Modara, he sentido que debo probarle a todos que soy digna del título que, con mucho orgullo, he llevado como bandera tantos y tantos años.
No sé si el año nuevo es el que sonó como un chasquido en mi cerebro. O en mi corazón. O en los dos. No sé si son los tiempos, el cansancio o el deseo de cambiar, incluso a la edad que ya tengo, los que empiezan a hacer un ruido tan ensordecedor que no me deja escuchar la comodidad de mis propios viejos y reconfortantes pensamientos.
Y, entre tantas otras cosas que la doctora del video dijo, una resonó fuerte: hay un sentimiento de aislamiento cuando estás buscando aquello que, bien a bien, no sabes qué es, pero que esperas que traiga, o le vuelva a traer, un nuevo sentido o una fuerza distinta a tu vida.
Y también empiezan a surgir preguntas. Algunas nuevas, y otras que ya me había hecho antes, pero que, a pesar de mi edad, no me he atrevido a contestar con la sinceridad que me debo a mí misma. ¿Estoy haciendo lo que otras personas creen que debo hacer en mi vida? ¿Todavía soy feliz haciendo lo que hago? ¿Todavía quiero llevar mi título como insignia de quién soy? ¿Qué quiero, realmente? ¿Qué estoy buscando? ¿A dónde quiero llegar? ¿Cómo empezar??
Si te ha pasado, tal vez puedas comprender si te digo que, en situaciones como estas, uno siente que está solo contra el mundo. Me pasa que, en ocasiones, siento que la vida es una madeja en la que la experiencia, los deseos, los sentimientos y los ideales se hacen nudo constrictor y, efectivamente, no sé por dónde empezar a desenredarlos. Y luego, con tantos influencers, gurús de vida, amigos con buenas intenciones y una que otra lectura que dice lo que mi cerebro quiere que le digan, es muy difícil saber precisamente cómo comenzar un cambio que sea, además de significativo, prudente.
“La vida no se detiene en ninguna edad y la felicidad es un viaje”, reza la frase introductoria en la reseña del video en cuestión. Así es que, ¿Cómo he de comenzar este viaje de cambio a los cincuenta y tantos? De la misma manera que cambié mi vida a cualquier otra edad. Pues, a pesar de las reumas, las canas y la mala vista, la edad no es más que un límite autoimpuesto. Estoy haciéndome a la idea de que tener cincuenta y dos (¡casi cincuenta y tres!) no me descalifica, ni debiera inhabilitarme, para transformar mi vida.
Es verdad: hoy tengo más claridad sobre quién soy y lo que quiero; más lucidez acerca de mi valor y mis deseos; más inteligencia sobre mis capacidades y mis retos. Y, aunque en muchos casos el cambio debiera ser más sencillo a medida que voy ganando edad y experiencia, honestamente, resulta todo lo contrario. Además, también me resulta emocionalmente abrumador, y me hiere un poco el orgullo, ver cómo hay personas que, sin ninguna dificultad (aparente) pueden reinventarse cuantas veces quieran; pueden dejar atrás lo cómodo, lanzándose a lo desconocido; o bien, pueden modificar el rumbo y adaptarse a las exigencias o pruebas de la vida.
También ocurre que la mayoría de las transformaciones no se dan de manera súbita, sino gradual. Sin embargo, se dan. Todos hemos conocido a alguien que, con el paso del tiempo, se ha convertido en alguien completamente diferente a su antiguo yo. La clave está en entender que no existe un objetivo que sea manifiestamente concreto. No igual. No para todos.
Por eso, a lo largo de este escrito he tomado la decisión de que no hay edad para el cambio, la transformación o la reinvención. Los veinte, los cincuenta, o los setenta, no deben ir en detrimento de la decisión de mudar de aires, de trabajo o de ideas. Si la edad ideal para cambiar es, para la sociedad, todo lo que suene a juventud o a menos de treinta, entonces declaro que la edad ideal para cambiar es la edad a la que haya uno decidido a hacerlo. Cualquier persona, en cualquier grado de madurez, a cualquier edad, y en cualquier generación, hemos iniciado nuestros procesos, por muy ínfimos que sean, de cambio de la misma manera: con mucho miedo, pero dando el primer paso. Por ende, transformarse resulta tan deseado como complicado, pues es precisamente ese primer paso el que me aterra…
Efectivamente puede que me dé miedo el fracaso, los ataques de los demás, la inseguridad que trae lo desconocido.
Puede que me asuste empezar de nuevo, buscar algo diferente, dejar atrás la comodidad de mi vida de siempre.
Puede que me aterre buscar algo completamente distinto, intentar algo enteramente nuevo, ambicionar algo totalmente diferente.
Puede que mi cara sea la misma, pero lo que está detrás de ella, ya no.
Hoy cambio.
Miss V.



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